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lunes, 7 de abril de 2014

RIMALDAS VIKSRAITIS, CRONISTA DE LA SORDIDEZ


Rimaldas Viksraitis(1959) es un fotógrafo lituano que comparte- junto con artistas como Shelby Lee Adams y su galería de inquietantes retratos de los nativos de los Apalaches- ese gusto lírico e insano por inmortalizar cierta cotidiana e íntima sordidez que forma parte inextricable de la condición humana.

En sus imágenes convive una naturalista poética del feísmo junto con una visión más social y apegada a los problemas que asolan a las comunidades rurales de la ex-República Soviética, uno de los  más importantes el alcohol, que ha acabado consumiendo a ciertos pueblos lituanos en una especie de pesadilla febril, entre la locura aturdidora y la demencia sin redención.
Rimaldas ha fotografiado con su pequeña Smena durante años a los vecinos de su pueblo entre su suciedad, sus animales, sus cadáveres... ha retratado su desnudez, su forma de vida, el apego a sus tradiciones, sin más filtro o truco que el del espectador que asiste imperturbable al despliegue de la enconada supervivencia humana a su alrededor.

- Crecí con esta gente- dice Rimaldas Viksraitis- Los conozco desde que eran niños, pero ahora las granjas han caído, el trabajo se ha ido y no tienen nada por lo que siempre están bebiendo. Algunos de ellos están en la cárcel por beber. 

Las fotografías del lituano nos recuerdan que el Arte no debe de ser únicamente un vehículo de expresión que persiga la recreación de escenarios cálidos y confortables donde cohabiten, en perfecto equilibrio y armonía, lo bello y lo sublime, sino más bien y ante todo un medio de indagación y reflexión sobre la anfractuosa condición humana en cualquiera de sus formas y manifestaciones.
La sordidez, la decadencia, la miseria, la desnudez, la enfermedad o la muerte no son criterios estéticos sino manifestaciones de la existencia cotidiana humana, por lo que bienvenidos sean siempre aquellos cronistas que trabajen fuera de su zona de confort para poder devolvernos, aunque solamente sea por un breve instante, el sobresalto de la realidad y de nuestra imagen borrosa en el espejo.





Saludos de Jim.

lunes, 13 de agosto de 2012

DESDE TOKIO CON AMOR: NUEVA FOTOGRAFÍA JAPONESA



   Lo que más me sorprendió de mi estancia en aquella isla es la confianza que los japoneses tienen en los japoneses. 
   Me explico.

   Un martes estaba cenando un delicioso takoyaki en un restaurante bastante bueno y barato del sur de Tokio y me fijé en que los dos hombres y las tres mujeres- creo, por su aspecto, que venían del interior del país- que estaban a mi lado, en sendas y contiguas mesas, tenían sus maletas y bolsos fuera del local, en plena acera, sin ningún tipo de protección. Y apenas las miraban o les echaban una rápida visual de vez en cuando.
   Más tarde, paseaba ensimismado por el hermoso barrio de Sumida contemplando cómo los departamentos exiguos de los japoneses permanecían con las puertas abiertas de par en par hasta altas horas de la noche(incluso en algunos hogares no se cerraban nunca las puertas exteriores), pensando en cómo esa hiperinflación de confianza contrastaba con la naturaleza suspicaz y aprensiva de los españoles, curtidos como raza  desconfiada ante la sempiterna amenaza de infatigables pícaros, descuideros y tunantes de tres al cuarto que no le sacaban el ojo a la faltriquera ajena.
   Los japoneses, pensaba yo, puede que sean tan confiados porque ya no les puede pasar nada peor que lo de Hiroshima y Nagasaki. Y tampoco me extrañó- ahora, al tenerlos tan cerca me fijaba más en estas cosas- que sonrían más que los españoles, pues tienen esos maravillosos festivales de linternas, con miles de farolillos de colores y figuras de dragones de papel engalanando sus calles y noches. Y es completamente imposible que alguien no expanda las comisuras de sus labios ante esos fastuosos espectáculos de luz, vivos colores y papel prensado.
   Imposible.

   Uno de mis lugares favoritos de Tokyo es el templo Meiji Jingu, un santuario sintoísta en pleno centro de la ciudad y que está rodeado de bosques y jardines. 
   En el templo de Meiji Jingu hay un gran árbol sagrado. Y alrededor de ese gran árbol sagrado hay unos paneles en los que los japoneses y visitantes cuelgan sus deseos en unas pequeñas tabletas(llamadas tabletas ema), esperando que se cumplan algún día.
   Así que yo también escribí y colgué allí mi deseo con la esperanza de que un día se cumpla.

   - Me gustaría visitar Japón alguna vez- garabateé en la tablita de madera.

   Porque la verdad es que nunca estuve en Japón ni en Tokio ni en ninguno de sus 23 barrios especiales. O igual soñé que sí estuve, no lo sé. Lo único que creo es que probablemente haya dejado mi deseo allí colgado, alrededor del árbol sagrado, sin haber estado. 
   Así que mientras espero que éste se cumpla algún día, visito Japón de la mano de Hazuki Natuno, Junku Nishimura, Sawako Obara, Hiroshi Nomura, Suwa Minoru, Ken Hayafune, etcétera. 
  La nueva e impresionante generación de fotógrafos japoneses.
  
   Porque viajar es también y sobre todo un estado de ánimo, por lo que es posible recorrer el universo sin moverse más que cuatro centímetros justos. 
   Los japoneses lo saben. Por eso se muestran tan confiados y sonrientes.













Saludos geek de Jim.



miércoles, 16 de noviembre de 2011

MIGUEL ARES RUA Y LAS COSAS QUE PERMANECEN


Ha llegado la mañana.
Veo un sol brillante incrustado en algún lugar del cielo azul y cómo las últimas y casi extintas gotas del rocío se desintegran por entre los laberintos- sin Minotauro ni Teseo- que calcetan las arañas gordas, amarillas y peludas entre las ramas.
Es una mañana diferente a todas las otras mañanas que yo he visto. Cada nueva mañana siempre es diferente a la mañana anterior.
Irremediablemente distinta.

La luz inaugural del día gotea sus diamantes sobre el lomo madrugador de los gatos y endereza un poco la artrosis renqueante de algunos viejos y sabios árboles, que han vivido y visto tanto que ya no necesitan decir nada .
Llueven unos pétalos rojos sobre un caballo. Se abre como una lúbrica ninfa adolescente una flor blanca. Una columna de polen, polvo y todo tipo de vida diminuta arrasa el oxígeno, la luz y el aire sobre los caminos.
Es la vida, joven e intensa, que sabe que, con o sin nosotros, debe y tiene que continuar.
Es la vida, sabia y prudente, que nos ofrece todo tipo de señales para que nos demos cuenta de que solamente tenemos que pararnos un poco y saber mirar adecuadamente a nuestro alrededor para que lo comprendamos casi todo.
Por lo menos casi todo lo necesario.

Porque es entonces ,y sólo entonces, cuando uno descubre que resulta muy tranquilizador darse cuenta de que la vida continuará sin nosotros. Resulta tranquilizador saber que otros ojos que no serán los nuestros contemplarán otra renovada y distinta mañana, otras flores blancas abriéndose, otros árboles sabios, otras bandadas de nubes que unas veces parecen hechas de yogur y otras de plomo.
Resulta tranquilizador pensar que alguien volverá a ver todo esto y pensará en lo que nosotros estamos pensando y en lo que mi amigo Miguel Ares Rua ha conseguido capturar de forma tan extraordinaria con su singular mirada: que todo aquéllo que permanece- flores, plantas, pájaros, peces del mar, hongos, condensación de vapor de agua, paredes celulares, esponjas, algas...- de alguna forma también nos perpetúa a nosotros, pues estamos contenidos dentro del mismo flujo generador.

Miguel consigue que volvamos a habitar con sus fotografías esos lugares silenciosos y cálidos donde la vida siempre se desparrama y permanece, en una infatigable y perenne estación.
Y ahí radica su habilidad y mirada, en el hecho de conseguir que cada nueva imagen y mañana nos emocione y sobrecoja, porque lo peor de esta vida sería que ya nada nunca nos volviera a sorprender.

















Saludos de Jim.


martes, 2 de agosto de 2011

XAVIER MISERACHS, EL TIEMPO EN BLANCO Y NEGRO.


La vespa, el turismo, ese gran invento, el lalala sin Serrat, Cesta y puntos, las señoras en la cocina, Dalí, el destape, las maletas de cuero con cinturón alrededor, los piropos, ¡Alto a la Guardia Civil!, ayudad a los misioneros, Enciclopedia Álvarez, la primera comunión, el barrio, Marcelino Pan y Vino, las señoras sentadas en las sillas sobre la acera, la base de Rota, los almanaques del TBO, Matilde, Perico y Periquín, sólo hay un doble caldo Starlux, las aventuras del FBI, lapices Alpino, López Rodó, yo soy aquel negrito del áfrica tropical, el aguinaldo, las pensiones con derecho a cocina por 200 pesetas, los uniformes color aceituna, la carta de ajuste, los Ideales, las botas Gorila, el escondite inglés, onda pesquera, el uniforme de bonito, 300 millones, la sesión continua, los cromos troquelados, Mariano Medina, la hostia y el vino de misa, El Circo Americano y ¡¡los hermanos Tonetti!!, el Biscuter, quisiera ser tan alta como la luna, Cantinflas, ahí está el detalle, Zampo y yo, la ley de vagos y maleantes, el dúo dinámico, jabón Lagarto, la gallinita ciega, los guateques, Flan Potax, El Jarama, Los Invasores, pantalones con parches, las radios Telefunken, talco Ausonia, Recluta con niño, El Lute, los limpiabotas, ¿Cómo están ustedes?, Anís del Mono, ¡¡Sereno!!, los solares sin edificar, las minifaldas, Pinito del oro, el plan de estabilización económica del 59, los piojos en clase, los grises y los estudiantes, boinas y pollos en Madrid, Alberto Oliveras, los minerales dentro del tambor de Colón, la cesta de navidad, los vestiditos blancos y las enaguas almidonadas de los domingos, el estraperlo, los cromos troquelados, los billetes de 100 de Gustavo Adolfo Bécquer, las gomas Pelikán, la misa de una, El Santo, Di Stéfano, Avecrem llama a tu puerta, El Fugitivo, Ustedes son formidables, el brilé, las monjas, los curas, el 600, las letras pendientes de la compra de la televisión, Marisol, Persil lava por sí solo, Cinco horas con Mario, Cabalgata fin de semana, caravana de mujeres, disco sorpresa Fundador, Marcial Lafuente Estefanía y Keith Luger, los tirachinas, chocolate Elgorriaga, el Instituto Nacional de la Vivienda, los quioscos de viejo, el extrarradio...

A esto y a mucho más huelen hoy en día las imágenes del gran fotógrafo barcelonés Xabier Miserachs(1937-1998). Aspiren fuerte y a disfrutar de estos hermosos instantes congelados para siempre en nuestra retina.




















Las arrugas del tiempo que nunca envejece al final siempre son las mismas. Las nuestras.

Saludos de Jim.

domingo, 17 de abril de 2011

DIANE ARBUS, LA BELLEZA DE LO ANÓMALO


Un hombre con un gastado traje gris y una vieja maleta de cuero se detiene en la acera, delante de unos niños que juegan. El hombre deposita la maleta en el suelo, se seca el abundante sudor que le perla la frente y les pregunta a los niños que hace un momento jugaban y ahora lo miran curiosos:

- ¿Sabéis qué es un fractal?

Los niños dicen que no y el hombre del traje gris gastado les dice que un fractal es un objeto semigeométrico, irregular, un objeto complejo en el que una parte tiene la misma estructura(estructura que se repite a diferentes escalas) que el total. Les explica que las nubes, los copos de nieve o sus sistemas circulatorios son fractales naturales. Les dice que un fractal es algo hermoso. Infinito y hermoso.
Los niños no acaban de entender bien ni tampoco les interesa demasiado lo que es un fractal, así que le preguntan qué lleva en aquella vieja maleta de cuero.

Él les dice que fractales.
Los niños, ahora súbitamente interesados, le piden que se los enseñe.

Así que el hombre abre su maleta. Está llena de viejas fotografías. Decenas y decenas de fotografías de niños con síndrome de Down, de gigantes judíos dentro de pequeñas estancias, de bebés que lloran, de hombres que se visten como mujeres, de enanos mexicanos, de personas tullidas, contrahechas... extrañas para la mirada de un niño. Sobre todo dentro de la mirada de un niño. Pero a medida que los niños contemplan aquellas viejas fotografías van siendo conscientes de que en aquellas imágenes existe una fascinante belleza que los seduce con su plástica hermosa y obscena. Ante sus ojos se revela una nueva y poderosa atracción: la potencia y magnitud de lo irregular, de cierto cautivador orden y armonía en lo que a primera vista parecía feo, grotesco y caótico.

Imágenes que parecen salidas de algún oscuro cuento de hadas, sacadas por el viento del sótano solitario del ogro bueno, hojas insanas y mágicas caídas del rugoso árbol del otoño.
"Los fractales", piensan los niños, que todavía no saben que se acaban de asomar al abismo desconocido, radiante y anómalo de lo cuántico, del algoritmo recursivo, del detalle infinito.

El hombre del gastado traje gris cierra la maleta y continúa su camino. Los niños vuelven a jugar en la acera y sólo uno de ellos le pregunta en voz alta que de quién son las fotografías.

- ... de una tal Diane Arbus... - dice el hombre sin darse apenas la vuelta.

Lo que aún no sabe aquel niño es que ese nombre de mujer y aquel mundo misterioso e insólito lo acompañará durante el resto de toda su vida.
Arbus. Diane Arbus. Fractales. Copos de nieve caídos en mitad de la noche. Hombres gigantes, niñas gemelas e inquietantes. Estrellas inusuales que explosionan en alguna esquina del universo. Hermosas perturbaciones de átomos en el espacio-tiempo curvo de los modelos estándar.







Saludos de Jim.