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viernes, 5 de junio de 2009

EL DÍA EN EL QUE VI AL HOMBRE BLANCO DE COLÓN


Era verano del 82 o 83. Una de esas tardes de canícula de junio en las que a las agujas del reloj de pared de la cocina parece que les cuesta moverse el doble , sesteando sobre ese bochorno que hasta sofoca a las primeras moscas del verano, que acaban siempre repostando fatigadas sobre el hule, entre las migas de pan y los diminutos restos de azúcar.
Yo estaría viendo El Superhéroe Americano o Falcon Crest repanchingado en mi sofá estampado favorito cuando suena el timbre.
- Mari, Mari, sal a la ventana- era Pacucha, la vecina del tercero- ¡¡mira quiénes están abajo!!
Y salimos todos a la ventana y allí estaba, en medio de una numerosa comitiva de recibimiento formada de manera espontánea por los vecinos. Allí estaba El Hombre de Colón de los anuncios de la tv.
Y no sólo uno, sino dos Hombres Blancos de Colón que se habían bajado de una furgoneta blanca en la que se podía ver el logo del detergente.
Me ha quedado registrada en el celuloide de la memoria (siempre tan caprichosa y arbitraria) esa secuencia con una frescura tan nítida como si la hubiese presenciado ayer mismo.

Allí estaban Los Hombres Blancos de Colón- en mi calle, la Julia Minguillón, la "cuesta", donde nunca pasaba nada demasiado importante-; allí estaban los tíos del famoso y revolucionario anuncio de la tele que se metían en las casas ajenas y retaban a las amas de casa para ver quién lavaba más blanco, si ellas con su viejo detergente o ellos con el todopoderoso polvo mágico que contenía cada tambor de Colón. Cosas de la alquimia moderna.
Allí estaban, en mi calle y ante mis ojos, aquellos paladines de lo impoluto, los campeones contra la suciedad. Nunca había estado tan cerca de algo tan célebre y popular, así que bajé apresuradamente las escaleras en dirección a la calle.

La gente en las ventanas. Aquéllo parecía más importante que la llegada del hombre a la luna, más trascendental que una visita al barrio de aquel señor que cada noche cerraba la programación mientras ondeaba una bandera detrás de él y su familia. Me uní al cortejo que iba detrás de los pulcros visitantes. Ellos se pararon y sacaron un sobre de un bolsillo. Todos nos detuvimos y aguantamos la respiración. Abrieron el sobre, le echaron un vistazo al papel de su interior y buscaron con la vista el número afortunado.
Hay que recordar que la campaña de El Hombre Blanco de Colón repartía Dos mil pesetas por cada tambor de Colón que se encontrase en la casa elegida al azar. Dos Mil pesetas en el 82 daban para mucho, no como ahora, que te tomas un descafeinado y un donuts y si te he visto no me acuerdo.

Los Hombres Blancos llamaron a un timbre y se metieron en el portal número 3, justo enfrente del mío, entre Karpi y la tienda de Pepe. Tardaron una media hora en salir, coger su furgoneta alba y partir infatigablemente hacia otros horizontes que higienizar, al calor de otras gentes de la España mágica a las que contagiar la pasión y emoción del frotar, limpiar y blanquear como es debido.

La gente cerró las ventanas y se metió de nuevo en sus casas, la comitiva rompió filas. Nunca volví a saber nada de aquellos Hombres Blancos de Colón. Se acabó la campaña, se hicieron nuevos anuncios y algunos crecimos y nos volvimos más zopencos de lo que ya éramos.
Pero hay un amigo de aquellos tiempos con el que me encuentro de vez en cuando que alguna vez me tiene dicho:
- Luis, coño, ¿ te acuerdas del día en que vinieron a la calle los del anuncio de Colón y salimos todos detrás y...?

Y entonces respiro aliviado, al pensar que no soy el único cretino que todavía recuerda con insólito cariño aquel día especial en el que vi por primera y última vez al Hombre Blanco de Colón de la TV paseándose por nuestra pequeña y empinada calle.

Saludos de Jim. El frotar se va a acabar.

domingo, 22 de febrero de 2009

LA CAMPAÑA DE MÁSMOVIL Y EL NIÑO CASTOR


Con la afirmación de que la publicidad es un persuasivo y obsceno arte estoy bastante de acuerdo. Y aunque la naturaleza esencial de la técnica publicitaria tiene básicamente como única finalidad el fomento del consumo(otorgando determinada notoriedad a productos y marcas) o la tarea de activar nuestra ansiedad por la apropiación y la acumulación material estimulando mediante las pertinentes estrategias de bombardeo publicitario nuestro potencial rol de consumidores urbanos y globales... entremedias se han confeccionado pequeños tesoros iconográficos y audiovisuales que han ido incorporándose paulatinamente al acervo de lo que hoy conocemos como cultura popular o pop.
Una forma más de creación.
La influencia en el ámbito social-cultural de la publicidad y en nuestro propio inconsciente personal y colectivo es brutal( sólo hay que pensar en el Papá Noel de la Coca-Cola, en el "busque, compare y si encuentra algo mejor cómprelo", "vuelve a casa por navidad" ... o en la asociación mental instantánea que llevamos a cabo entre unos determinados colores y las correspondientes empresas de telefonía móvil)
Vender y fidelizar una marca o producto en menos de 30 segundos no es fácil. Conseguir llegar al receptor en medio del maremágnum de anuncios publicitarios en el que se ha convertido ese escaparate de nuestro salón llamado televisión- y que se repita en la oficina, en el ascensor o colegio tu chascarrillo o eslogan- resulta cada vez más complicado, dado los cientos de creativos que optan al pódium, y también que nuestro umbral de receptividad y capacidad de asombro como telespectadores ya no es el de hace 30 años.
Todo esto viene a colación porque la verdad es que yo me he tragado festivales enteros de publicidad televisiva y he visto muchos, pero que muchos anuncios de diferentes países y tendencias publicitarias y pocas veces me he encontrado con algo tan deliberadamente estúpido y anticomercial como la actual campaña de la compañía de telefonía MÁSmovil, esa en que un tipo disfrazado de banquero o de empleado del Corte Inglés vomita en su cocina una densa papilla beige sobre una factura de una compañía telefónica.
Esta campaña no sólo es tosca, pedestre y grosera, sino que parece realizada por algún creativo bien remunerado de la competencia.
Y ustedes me dirán:
- Sí, Jim, pero se habla de ella, que es de lo que se trata...
Pues no, no sólo de trata de eso. Se trata de otorgar valor a la marca( notoriedad de marca), de potenciar positivamente la percepción que el consumidor pueda llegar a tener de ese producto en cuestión, de generar confianza y establecer una asociación lo más atractiva posible entre consumidor y producto.

La cuestión es que esta campaña de MÁSmovil parece la Anticampaña, pues con toda la gente con la que he tenido oportunidad de hablar, la percepción de la marca o producto MÁSmovil es de rechazo, de aprensión y reparo ante tamaño desaguisado que se han marcado en cuestión de imagen.
La asociación entre la compañía de móviles y el copioso vómito ocre del protagonista de su campaña creo que servirá para cualquier cosa menos para la función para la que iba destinada: la captación de nuevos clientes.

En las antípodas, y de una sencillez y eficacia apabullantes, está, por ejemplo, este NIÑO CASTOR: