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martes, 12 de agosto de 2014

MIS LIBROS DIFÍCILES



Todavía, después de varios años de su lectura, hay noches en las que me despierto a las tres o cuatro de la madrugada, empapado en sudor, mientras murmuro cosas apenas inteligibles como: "Así llegó a su fin la Primavera de Arda. La Morada de los Valar en Almaren quedó por completo destruida... Por tanto abandonaron la Tierra Media y fueron a la tierra de Aman, el más occidental de todos los territorios sobre el filo del mundo; pues las costas occidentales miraban al Mar Exterior, que los elfos llamaban Ekkaia, y que circunda el reino de Arda. Cuán ancho es ese mar sólo los valar lo saben; y más allá de él se encuentran los Muros de la Noche..."

Lo de "El Silmarillion", de Tolkien, es una pesadilla recurrente en mi vida, como lo de volver a hacer la mili o lo de que todavía me falta alguna asignatura para terminar la carrera.
400 puñeteras páginas de mitologías inventadas(más o menos como lo de la Biblia o el Corán, aunque estas obras de ficción mucho más extensas), genealogías de todo tipo, etimologías de supuestas lenguas de elfos, hadas y ranas de la imaginada Tierra Media, apéndices con mapas y nombres de razas de cientos de miles de enanos y trolls...
Un coñazo total trufado de Beren, Lúthien, Túrin Turambar, Narm i Chin Húrin, Tuor, Gondolin y las historias de sus hijos, nietos, bisnietos, etcétera.

Era joven e inexperto cuando me tragué enterito "El Silmarillion", cosa que hoy no haría ni harto de vino de misa y LSD. Uno aprende con el tiempo que la Primera Regla de Oro de la Termolectura consiste en algo tan sencillo como: 
- "No sufras leyendo, es tontería... ¿para qué, con todos los buenos libros que te quedan por leer?" o, lo que es parecido, dale a cada libro una oportunidad de, al menos, el 20% de su extensión( si tiene 500 pues habría que darle sobre 100 páginas) para tantearlo y ver si merece la pena que ese tu caprichoso yo resulte enriquecido por lo que esta obra contiene.
No hay nada peor para un lector que esa sensación de ir aplazando semi-conscientemente siempre la lectura de determinado libro(los lectores tendemos a ser exhaustivos completistas y no nos gusta dejar algo a medio leer, pues nos genera un inquietante y profundo sentido de culpabilidad lectora el hecho de dejar un libro plantado a medias), ese libro que no acaba de gustar ni de enganchar pero que alguien te metió en la cabeza- generalmente la imposición de la Ortodoxa Orden de la Gran Crítica Literaria- que debería ser leído si no deseas ser expulsado de la categoría internacional de buenos lectores en la que te crees, ¡pardillo!, que figuras.

Por el contrario, no hay nada más placentero que esa cálida sensación de desear constantemente retomar la lectura interrumpida de cierta novela, ensayo, cómic, libro de poesía...
Ese enganche es el mejor baremo y criterio personal que poseemos. Desperdiciar el tiempo con las prédicas que los guardianes de la ortodoxia canónica dictan, quedando tanto y tanto por leer, no suele ser casi nunca una buena opción.
Con el tiempo también aprendes que algunas cosas que nos producen placer a nosotros no son transferibles o extrapolables a los demás por mucho que lo intentemos. Y viceversa.
Cosas de la subjetividad, del bagaje y las expectativas íntimas, y de la acción invisible de la serotonina.
Nadie dice que lo que no nos gusta no sea excelente. Sobre todo para los demás, para los que sepan valorarlo adecuadamente o se sientan aludidos íntimamente con alguna lectura determinada.
Cada lector es y construye su propia Biblioteca, su particular e intransferible horizonte de lecturas que lo han hecho mejor, un poco más sabio o feliz.

Yo, particularmente, y entrando en este terreno tabú de lo literariamente incorrecto, adoro "Ana Karenina", pero siempre me dio pereza "Guerra y Paz".
Después de leer  la excelente "El miedo", de Gabriel Chevalier fui incapaz de terminar la rutinaria "Tempestades de acero", de Jünger. Demasiados cadáveres, trincheras y gas mostaza seguidos.
Tengo "Rayuela" aquí delante desde hace mucho tiempo... pero nunca me siento preparado para el abordaje del universo Cortázar.
Un clásico básico de la ciencia ficción como "Las estrellas, mi destino"(Alfred Bester) me pareció totalmente insufrible a mí, un devorador de S/F en todas sus modalidades.
Un día empecé una novela de Egipto de Terenci Moix(me encanta "El peso de la paja") y la dejé a las 10 páginas. Demasiados faraones.
Recé a los dioses nórdicos de chaval cuando finalicé "La divina comedia", "La odisea" y "La Illiada"
Una vez compré "El vizconde de Bragelonne", de Dumas, y soy incapaz de comenzar la primera de sus 2000 páginas de folletín sobre mosqueteros, jesuitas, cardenales y damiselas en apuros.

Y acabo de dejar en la página 110, por tercera y creo última vez, el "Ulises", de Joyce, y todas sus malabares alegorías, su corriente de consciencia, sus pensamientos fragmentarios y sus cambios de estilo en cada capítulo.
Sudaba tinta indeleble de calamar cada vez que tenía que pensar en retomarlo. 

Y, ¿sabéis lo mejor?
Ahora no tengo ningún tipo de complejo de culpabilidad de lector. Creo que Borges le llamaría a esta ausencia de culpa "madurar como lector en libertad" o algo similar:

«El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta “el modo imperativo”. Yo siempre aconsejé a mis estudiantes que si un libro les aburre, lo dejen. Que no lo lean porque es famoso o porque es moderno o porque es antiguo. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz.»

Así que a ser siempre felices leyendo, abiertos a todas las sugerencias pero sin imposiciones categóricas de ningún tipo.

Saludos de Jim.


viernes, 25 de enero de 2013

"SINO/SI NO"

  

    
    Jaime se había levantado tarde y todavía estaba acabando de desayunar sus tres magdalenas empapadas dentro de un café con leche mientras le daba vueltas en su cabeza a esa sensación que tenía de haberse perdido muchas cosas en la vida.
    Era junio y hacía calor y Jaime se fijó en que dos plantas que tenía en el salón, una calatea y una hermosa drácena, se estaban secando.
    A continuación, se sentó delante del ordenador para comenzar a escribir su aplazada novela.
    Era junio, hacía calor y a Jaime le gustaba escribir.

   Cualquier novelista sabe que la primera frase es fundamental, pues es la que desencadena la ávida expectativa y la primera que abraza al lector(¡Qué importante es la primera frase de una novela!, solía decir Vargas Llosa), así que Jaime tenía ya perfectamente armada esa su primera frase: 
   "Sino fuera porque detrás del universo no hay sentido ni dirección, solamente azar y caos, el mundo sería un cálido ángulo de 360º "
   Pero era junio, hacía calor y aunque a Jaime le gustaba escribir... tenía un problema.
   Jaime, desde niño, habia tenido problemas a la hora de diferenciar el uso entre "sino/si no". Nunca estaba seguro realmente qué "sino/si no" hacía la función de conjunción adversativa y cuál servía para introducir una oración condicional.
   Y éste, se decía en voz baja Jaime, lo queramos o no, es un gran problema para alguien que está pensando en escribir una novela.
    
   Bajó al bar para reflexionar sobre su recién truncada carrera de escritor de novelas de éxito por culpa de su incapacidad a la hora de distinguir entre conjunciones adversativas y condicionales cuando se encontró con Tony, un viejo conocido, con el que solía tomar café y hablar de música.
  Hablaron de Wes Montgomery, de Joe Pass, del timbre inimitable de las Gibson de los 60 y del hastío que les provocaban los nuevos virtuosos y sus interminables escalas jónicas, dóricas y frigias.
   En cierto momento de la conversación, Tony le dijo que tenía 22 guitarras eléctricas en su casa y que ya no sabía dónde meterlas y que su favorita era la más barata de todas ellas, una Höfner Galaxie.
    - Ésas son muchas guitarras, Tony- comentó Jaime.

    Se despidieron y Jaime se acercó hasta la frutería para comprar unos kiwis, pues últimamente andaba un poco estreñido y llevaba dos días tomando té verde y kiwis en ayunas a ver si eso le ayudaba un poco a la hora de la evacuación.
   Al salir de la frutería ayudó a una vecina(que conocía del barrio y le caía simpática) a la que se le había roto una bolsa de plástico, esparciendo dos docenas de naranjas de zumo por la acera, y se ofreció para acercarle la bolsa a la casa donde ella vivía, un bajo pintado de color salmón con rejas verdes en las ventanas que estaba a 50 metros de allí... más o menos.
   La vecina, una señora menuda y muy encorvada de unos ochenta y cinco años, le contó que hacía muchos años en aquel pequeño bajo color salmón de apenas sesenta metros cuadrados habían vivido 22 personas, pues su marido, ya fallecido, y ella habían tenido veinte hijos y habían tenido que poner literas hasta en el pasillo... pero que ahora estaba ella sola, pues ya todos se habían marchado a hacer su vida y además estaban perfectamente de salud y la mayoría con trabajo, a Dios gracias.
   Dejó a la vecina y a sus naranjas de zumo en la casa y se acordó, de repente, de sus dos plantas secándose en el salón. Calatea y drácena. Entró a echar un vistazo en la librería de segunda mano del barrio y encontró en la sección de Jardinería-Horticultura-Ciencia Ficción un libro, a 4,50 euros, titulado: "El gran libro de las plantas de interior: trucos y consejos para el cuidado de tus plantas".

   Pagó el libro y volvió a su casa. Se sentó en el sofá mientras enfriaba otro té verde y abrió el manual de plantas de interior. En la página 22 encontró una pequeña hoja cuadriculada de bloc de anillas con algo escrito en bolígrafo rojo.
   Lo leyó:

"Una forma sencilla de saber cuándo debe escribirse si no es cuando se puede intercalar entre si y no algún elemento sin que se pierda el sentido en el texto: «Si (el juez) no hubiera intervenido», «No aprobará si (él) no estudia», «Si (tú) no quieres no iré».
Sino es, también, un sustantivo que significa ‘destino o fuerza desconocida que actúa sobre las personas y determina el desarrollo de los acontecimientos’.
   
    Era junio, hacía calor y Jaime se sentó delante del ordenador para rehacer la frase inicial de su novela de éxito:
   " Si no fuera porque detrás del universo hay cierto extraño orden secreto, cierto invisible hilo narrativo, y no sólo azar y caos, el mundo no sería el cálido ángulo de 360º que es".

   Y escribió sin parar hasta que el día se plegó en el horizonte.


   Saludos de Jim.
  
   


miércoles, 14 de marzo de 2012

LOS FANTÁSTICOS LIBROS VOLADORES DE MR. MORRIS LESSMORE (2011)

Oscar al mejor corto de animación del 2012.
"Es una carta de amor a los libros y al poder curativo de sus historias", dicen sus autores William Joyce & Brandon Oldenburg.
Merece mucho la pena. Una diminuta obra de Arte(por culpa del formato del blog, lo mejor es pinchar en la esquinita inferior derecha y verlo directamente y en todo su esplendor en youtube)



"Los libros bombardearon sus hombros, sus brazos, su rostro levantado. Un libro aterrizó, casi obedientemente como una paloma blanca, en sus manos, agitando sus alas. A la débil e incierta luz, una página desgajada asomó, y era como un copo de nieve, con las palabras delicadamente impresas en ella. Con toda su prisa y su celo, Montag sólo tuvo un instante para leer una línea y ésta ardió en su cerebro durante el minuto siguiente como si se la hubiesen grabado con un acero"( Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, o la historia de Montag, el bombero que quemaba libros)

Saludos de Jim.


sábado, 1 de octubre de 2011

451 º F


El joven delincuente estaba tan harto de su vida que decidió ahorcarse con un viejo cinturón esa misma tarde de invierno. Pasó la soga por encima de la viga de madera del techo y apiló un montón de libros- que había robado de una casa la semana pasada- para encaramarse sobre ellos y así anudar el cinturón al cuello cómodamente.
Antes de subirse encima de la pila se le ocurrió abrir uno de los libros, al azar. Allí dentro leyó las siguientes palabras:

"... A la mañana siguiente se despertó tarde, tras un sueño agitado que no lo había descansado. Se levantó bilioso, irritado, de mal humor, y consideró su habitación con odio. Era una jaula minúscula, de no más de seis pies de largo, y tenía un aspecto miserable con su papel amarillento y lleno de polvo colgando en jirones de las paredes".

Al joven delincuente le picó la curiosidad. Aquéllo podía no significar nada pero también podía significarlo todo, así que comenzo a leer muy intrigado la historia del estudiante Raskolnikov y le pareció tan entretenida que en todo el invierno no se volvió a acordar más de su vocación de suicida en ciernes.
Así que cuando llegó la primavera ya había devorado a Twain, Aldecoa, Saint-Exupéry, Balzac, Colette, Ray Bradbury... y leyó tanto que al final se sacó dos carreras y una plaza de auxiliar en una biblioteca municipal de su ciudad.

Y el joven delincuente fue tan feliz que vivió hasta los 451º F, la misteriosa edad en la que desaparecen en las cálidas noches de otoño los buenos lectores, entre montones de hojas secas que arden al más leve contacto de la imaginación y se elevan en una casi invisible columna de humo, sueños y ceniza hasta el asteroide B 612(en el que hay tres volcanes) para así fertilizar la única rosa que hay en todo el planeta.

Fin.

Saludos de Jim y a leer mucho y bien este otoño.


martes, 16 de noviembre de 2010

EL CHARACTERCROSSING O AL CAPITÁN AHAB LE GUSTA EL JAZZ


El primero en darse cuenta de lo que estaba pasando había sido un joven lector de 15 años, que cuando abrió el libro de Melville observó sorprendido que el capitán que perseguía a Moby Dick por el ancho océano se llamaba ahora Madame Bovary... y no aquel adusto e imperturbable Ahab que venía en todas las reseñas y resúmenes.
Fue aquél el momento en el que se dio la voz de alarma en el ordenado y rígido universo literario.

Los lectores de todo el mundo se encaramaron velozmente sobre los estantes más altos de sus librerías y desempolvaron sus novelas más queridas para descubrir, petrificados, que algo muy extraño estaba sucediendo entre aquellas letras y páginas: ahora Dorian Gray navegaba por el misisipí en compañía de su inseparable amigo Huckleberry Finn para acabar enamorándose perdidamente de la entrañable Becky... mientras que Ignatius J. Reilly naufragaba en una isla perdida acompañado de un negro desnudo y medio canibal llamado Viernes.
Dentro de otra novela, un viejo lector contemplaba como John Silver el Largo se armaba caballero y recorría ahora los polvorientos caminos de La Mancha subido en un huesudo rocinante y con una lánguida Margarita Gautier a su lado.
Leopold Bloom, entretanto, se peleaba con el Capitán Garfio sobre un galeón en una infructuosa batalla por evitar que el tiempo le marchitase los sueños del niño que había sido... y también hay que decir que boquiabiertos habían quedado muchos cuando Ana Karenina pasó de los veinticinco centímetros a medir más de tres metros tras comer el pastel en el que se lee ¡CÓMEME!, y todo por culpa de una siesta lisérgica bajo un árbol y un maldito conejo blanco...

¿Qué estaba pasando dentro de aquellos libros?, se preguntaban todos.

Sherlock Holmes explicó muy claro toda aquella súbita entropía literaria en su colofón final de "Crimen y Castigo", después de perdonarle la vida a la anciana usurera:
- ... ustedes los lectores pueden intercambiar infinitamente sus libros y vivir mil vidas a través de ellos; tienen la posibilidad de construirse otras existencias, de colocarse miles de máscaras, mientras que nosotros, sus personajes, estamos condenados a repetir para su deleite y placer varios millones de veces las mismas rutinarias tramas, escenas, desarrollos, desamores, aventuras, desgracias... por eso ahora los personajes de sus desvelos y fantasías, tanto los más simples y lineales como los más circulares y complejos, hemos llegado a un acuerdo y decidido cruzar nuestros papeles y títulos para poder saltar así de libro en libro, como hacen ustedes, y construirnos otras vidas en otras historias diferentes, desviándonos así un poco de la asfixiante rutina en la que vivíamos inmersos...

Algunos lectores entendieron perfectamente aquellas sensatas razones esgrimidas por el victoriano detective inglés, aunque no se acostumbraban del todo a leer cómo Fortunata y Jacinta regresaban del futuro en una máquina del tiempo después de luchar contra los temibles Morlocks... o a ver cómo un desarrapado Oliver Twist revivía intensamente su reciente infancia, su tiempo perdido, mientras mojaba en su lujosa casa de París una magdalena en una taza té.
Muchos de esos leedores, desencantados, cerraron sus libros y se pasaron a la narcótica televisión.

Tardaron poco tiempo en llegar a un acuerdo, pues se habían dado cuenta de que los unos sin los otros no eran casi nada, apenas existían, y además todos querían seguir disfrutando de esas otras vidas para su comprensión íntima y placer personal. El trato consistía en que los lectores dejarían la televisión y volverían a los libros entretanto que sus personajes podrían seguir manteniendo su cruce de roles, su charactercrossing, pero sólo cuando éstos estuviesen cerrados, nunca mientras fuesen leídos.

Y así, cuando la luz entra en los libros, el rabioso y poco sofisticado Capitán Ahab seguro que os parecerá que acaba siempre en el fondo del mar enganchado a la arponeada gran ballena blanca... pero lo que no sabéis es que cuando el libro se cierra y en la oscuridad se besan las letras, el Capitan Ahab se vuelve un joven millonario de pasado dudoso que organiza fiestas en la alta sociedad norteamericana de los años 20 y que está perdidamente enamorado de una mujer casada que se llama Daisy.
Y además le gusta mucho el jazz y beber champagne en copa fina, tulipa, de cristal.
Lo que no sabe el Capitán Ahab todavía es que al final morirá de un disparo efectuado por un marido despechado y nadie irá a su funeral, ni siquiera Daisy.

Saludos de Jim.

domingo, 25 de abril de 2010

EL LIBRO ABIERTO


EL LIBRO ABIERTO

El feliz abandono bajo el regazo de la sombra acogedora,
la promesa de un millón de hermosos viajes,
la palabra suspendida y descalza que echa el ancla,
la ansiada ítaca que no sale en los mapas.

El más prodigioso enemigo de la tristeza y la soledad,
el animal invertebrado sobre cuyo lomo se descansa
y se aumenta en estatura sin haber crecido ni un centímetro,
el "De gustibus non est disputandum",
la mejor manera de preguntarse y conocerte mientras se permanece en silencio.

La luz que crece en el alma, en el corazón y en el cerebro,
la intimidad que se vuelve espejo y se comparte,
el tesoro blando y ligero que nadie nunca poseerá del todo,
la patria última de las indómitas verdades.

Debajo de las sábanas, en los parques, bajo las camas,
esperando en una silla, entre las manos de un niño, olvidado en un rincón,
siempre habrá un libro abierto.



Feliz día del libro. Todos los días son días del libro o debieran, y dulces sueños.

domingo, 28 de marzo de 2010

DE SOFÁS, GATOS Y LIBROS


¿ Qué ves? Un sofá granate, un gato gris y feliz y un libro abierto.
Pues no. O casi que sí, pero no.
Te y me lo explico. Comenzamos por casi el principio de todo.

Recuerda que una tarde de mayo de hace muchos años abriste un libro blanco y El Principito te enseñó que lo que a simple vista parece un sombrero puede ser al final una boa que lleva en su interior un elefante, pero ya sabemos que los adultos, siempre tan atareados en sus nadas cotidianas, apenas entienden de matices ni de esas cosas que no son lo que parecen a simple vista.
Poco después, una noche clara y estrellada de junio, en el balcón de tu vieja casa, Montag te dijo que existían hombres que le tenían miedo a las palabras( ¿ a cuánto va el kilo?) y las quemaban en piras, pero también te mencionó que había hombres que se convertían en libros y- aunque no tenían lomo, portada, prefacio o solapa- te podían relatar entero el descenso por el río Congo de Charlie Marlow en busca del Coronel Kurtz o contarte la graciosa manera que tuvo D. Quijote en armarse caballero.
Más adelante recordaste tu infancia de peonzas y canicas junto a la magdalena y el té "a lo Proust", te paseaste en negro sobre fondo blanco por el Mississippi de Yoknapatawpha y Tom Sawyer, arribaste un jueves en la isla de Laputa, besaste a una chica una mañana muy calurosa de junio entre las rocas de la playa a la vez que pensabas en volver a casa cuanto antes para compartir el arbitrario crimen y merecido castigo del joven Raskolnikov.
Fue más o menos entonces cuando aprendiste con Bastián Baltasar Bux que la vida siempre es bastante peor sin libros- aunque tampoco es para tirarse al tren como la Karenina- y decidiste en ese momento hacerte a la mar, viento en popa a toda vela y mascarón de proa enfilado hacia la polar, con el viejo Long John Silver y el Capitán Flint protestando en su hombro.
Cazar ratas con El Nini siempre será mejor que pelar patatas en un cuartel, así que en esa época que leías el lobo estepario firmaste como objetor de conciencia, aunque tu intención había sido siempre la de hacerte insumiso para fugarte junto con el Abate Faria y Papillon del agujero en que te meterían si te encontraban los malos y patriotas legitimados, que no iba a ser nunca peor que aquella cárcel de Reading en la que Oscar le escribía ya con agrio resentimiento a su anteriormente amado Lord Alfred Douglas.

Es evidente que no se debe convertir el placer en deber como tampoco uno puede evitar enamorarse fugazmente, pero para siempre, una tarde de otoño de una chica pelirroja que lee "El Extranjero" en un banco del parque. Así se vuelve existencialista cualquiera, hasta Ignatius J. Really. Y es que a los ojos de un lector, alguien sosteniendo un buen libro abierto suele ser una imagen más poderosa, erógena y excitante que cualquier trapecio o libélula copuladora del Kamasutra.
Como epílogo (y para finalizar antes de que lleguéis a las guardas, las hojas de respeto, a la página legal y al glosario), deciros que no comprendía hace algún tiempo si la soledad era esto o si duraba cien años o qué demonios era, pero ahora mismo sí poseo la certeza - y sin tener que contratar a Marlowe por horas- de que alguien que ama los libros ha vivido y vivirá tantas vidas que no tendrá tiempo de sentirse solo; habrá imaginado tantos paisajes que cada vez reconocerá mejor el suyo, el íntimo y el de sus alrededores... y que sobre todo habrá aprendido que un sofá granate, un gato gris y feliz y un libro abierto no siempre es lo que parece a primera vista.
Si Gregorio Samsa se despertó una mañana convertido en un monstruoso insecto, pensad ahora solamente un momento en todo aquello en lo que un simple libro abierto puede transformaros: desde un homicida sin escrúpulos que asesina a una anciana sin motivo aparente hasta una aburrida mujer casada, infiel y pequeño burguesa de provincias... pasando por un gato gris y feliz en un sofá granate.
Siempre es posible vivir una vida sin uno abierto en el brazo de vuestro sofá favorito, pero no os lo recomiendo. Es quitarle vidas a la vida.

Saludos de Jim.

viernes, 23 de octubre de 2009

LA ANGUSTIA DEL LECTOR Y EL LADRÓN ERUDITO


Durante muchos años he sentido lo que algunos llaman "la angustia del lector", síndrome de aquel leedor ávido y voraz que se siente desolado cuando toma plena consciencia de que todas las lecturas que podrá hacer en su vida- en una existencia "común": trabajo, pareja, hijos, otras aficiones, relaciones sociales...- son una mínima muestra representativa de todo aquéllo que le quedará siempre por leer y descubrir. La desalentadora sensación de que la mayor parte del caudal de conocimiento humano compilado será inaccesible para él, aunque habitase cinco vidas y le dedicase 12 horas al día a tamaña labor, puede llegar a convertirse en una enfermiza obsesión.

Joaquín Rodríguez, en "Las mujeres que vuelan", sintetiza perfectamente este sentimiento:
“Me atormenta la idea de que nunca seré capaz de leer ni la más ínfima cantidad de los libros que me interesan, me consume la certeza de que sólo alcanzaré a poseer una mínima fracción de los libros que han sido publicados, me abruma y mortifica la magnitud de mi desconocimiento, de mi ignorancia. La cuenta es muy sencilla de realizar: si un lector voraz como yo pudiera leer dos libros semanales durante los próximos cuarenta años —suponiendo que las facultades mentales no quedaran de ninguna manera mermadas y que la agudeza visual no necesitara de ninguna clase de soporte o de refuerzo— tendríamos que podría llegar a leer, ni siquiera a releer, unos cuatro mil sesenta libros, una suma ridícula si reparamos en la cantidad desorbitada de libros que se superponen en las librerías, en el continuo rotar de las novedades, por no mencionar la inabarcable producción de los clásicos de todos los siglos precedentes. Yo confieso que asomarme a ese abismo me produce una desazón tan aguda que intento compensarla con una acumulación doblemente desmedida de títulos, en la vana esperanza de que el mero amontonamiento atenúe mi angustia. [...]“»

La lectura como llave a un conocimiento inabarcable. Una compleja habilidad que desarrollamos interpretando nuestra existencia, realidad y esencia en relación a unos signos escritos.
Yo entraba en cualquier librería o biblioteca y compraba o llevaba dos libros, pero me producía cierta inquietud el hecho de no disponer del tiempo suficiente para leer u ojear todos los volúmenes que allí, entre las estanterías, se quedaban.

Durante mucho tiempo quise hacer de la lectura algo abarcable, sistemático, buscar un método, "El Método" que comprendiese esa Biblioteca Ideal imprescindible:una especie de guía o muestrario de todo lo que debería de ser leído.
Un día me decía que lo mejor sería seguir un patrón de lectura por nacionalidad; otra tarde cambiaba la nacionalidad por una especie de orden alfabético por autor; un sábado me decía que tenía que leer tres libros semanales y que podría organizar mis lecturas por ciclos: novela negra durante seis meses, ciencia ficción otros seis, poesía otros seis, etcétera.
Era tan agotadora, la verdad, esta búsqueda de una metodología completa, inapelable...

Hasta que una tarde di con la solución.
Me di cuenta de que había estado equivocado durante mucho tiempo y tenía que volver al comienzo de todo, al origen, cuando la lectura era sólo un agradable placer, un disfrute asequible que me procuraba alegría y bienestar de una manera directa. Era absurda esa búsqueda de una pauta inflexible y metódica, esa ansia que me producía entender la lectura solamente como una finalidad en sí misma( búsqueda de cierto conocimiento considerado "imprescindible") y no como un medio o instrumento en el que hallar el suficiente placer y conocimiento para no tener la necesidad de convertirme en el insaciable esclavo de un hábito que devenía en malsana obsesión.
La enfermedad y su remedio contenidas en la misma fórmula.

Y aprendí que cuanto más leemos, mejor sabemos hacerlo.
Y que leer es vivir más y mejor y más libres.
Y que nunca hay que tenerle miedo a ningún libro.
Y que leer es un disfrute enriquecedor, un pacto tácito y mudo entre un lector y un libro... nunca una obsesión o pugna codiciosa, estéril y vana con lo inasequible.
Y que no hay más método ni búsqueda ordenada que el cóctel producto de combinar la intuición atesorada por el equipaje de lecturas que el lector lleva encima y el azar, que pone en nuestras manos referencias y libros que un día formarán nuestra personal Biblioteca Ideal.
Y aprendí, como escribió Borges en "La Biblioteca de Babel", que hasta en las magnitudes inabarcables hay ciertos patrones y orden: "Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza".


EL LADRÓN ERUDITO

El ladrón se había dado cuenta de que el dinero estaba disimulado en algún libro de la biblioteca. ¡Pero había tantos!
Comenzó por los más altos y le fue ganando la apetencia de leer, la ansiedad de adivinar.
La casa era una casa de campo y estaba abandonada. Tenía tiempo para sus pesquisas.
Se adentró en las páginas escritas por los que prefieren escribir a robar y gastan en eso sus largas noches.
Él notaba que la realidad resultaba así más robada que por él mismo.
Hubo un momento en que sin haber encontrado los billetes estaba ya en los libros de las estanterías bajas, y entonces se sintió tan preparado que hizo unas oposiciones...
( R. Gómez de la Serna)

O sea, que da igual comenzar por los libros que están más altos o más bajos. La cuestión es comenzar e ir transformando el vértigo en placer, la incomprensión en conocimiento, la rutina en fascinación, la codicia en moderación... mientras por el camino nos desciframos a nosotros mismos y a la realidad que nos circunda con la mejor y más compleja herramienta que el hombre ha inventado para ello: el libro.

Saludos de Jim, mi soledad también se alegra con esta elegante esperanza y su disfrute.


viernes, 26 de junio de 2009

LIBROS DE SANGRE

" El trabajo de Barker hace que parezca que los demás llevamos dormidos los últimos diez años" (Stephen King)

El ser humano es un animal tan complejo y contradictorio que es capaz de suministrarse a sí mismo grandes dosis de placer ahondando en su faz más lóbrega y sombría, recrearse en sus miserias cotidianas y espantos más íntimos y azuzar para su disfrute las pesadillas más siniestras que forman parte de su naturaleza y periplo vital desde la noche de los tiempos.
El miedo es una emoción básica. Experimentarlo es una estrategia evolutiva que nos pone en guardia frente a la irrupción de un peligro inesperado. Un mecanismo de supervivencia que nos advierte de los posibles riesgos a los que nos enfrentamos y que amenazan nuestra integridad física o psíquica.
Gracias a este indicador podemos modificar nuestra conducta dependiendo de las circunstancias o anticiparnos a esas amenazas.

La Literatura de Terror es hija reconocida de la Literatura Fantástica. Y si el gusto por la fabulación fantástica tiene que ver con lo extraordinario, con los difusos límites entre lo real e irreal, con lo mental figurado... las claves de la Literatura de Terror se incuban desde la mixtificación mórbida de todos estos ingredientes mencionados para asaltar con enfermizo y denodado empeño nuestras dúctiles conciencias.

Los Libros de Sangre de Clive Barker no nos harán gritar de terror y de pánico, no nos provocarán espasmódicos sobresaltos en nuestra butaca de lector favorita...
Los relatos de los Libros de Sangre de Clive Barker conforman un juego inteligente y perverso que abre la espita de ciertos interrogantes últimos del ser humano, una red tentacular que nos atrapa con su oscura energía y nos inocula en el océano infinitesimal de nuestros intersticios neuronales esas emociones primordiales -y a la vez altamente sofisticadas- de desasosiego, caprichosa crueldad y desconcierto existencial.
La fuerza expresiva y el sólido pulso narrativo de Clive Barker derriban con sencilla verosimilitud el muro existente entre lo fantástico y lo real; su portentosa y malsana imaginación consigue que, sin darnos cuenta, nos deslicemos dentro de esas pesadillas hermosas y oscuras que nos producen una sensación irreprimible de inmoralidad profunda, violenta... y gozosa.

En los relatos "Niños de Babel", "Las Pieles de los Padres", "El Tren Nocturno de la Carne", "En las Colinas, Las Ciudades" (uno de los mejores relatos que yo he leído nunca), etcétera, hay monstruos cotidianos, hay huellas de l mejor Poe, hay mucho sexo y humor negro, hay pistas que corren sobre las insanas cosmogonías Lovecraftianas, hay niños que lloran en mitad de la noche que es mejor no acunar y carreteras bajo las estrellas por las que es mejor no aventurarse; y hay crítica social y hondura filosófica, y también hay género y mucha, mucha, literatura de verdad, de la que escasea, de la nos induce a la reflexión a la vez que nos pone el vello de punta mientras nos hace imaginar lo inimaginable.

Los Libros de Sangre están reeditados recientemente en España por La Factoría de Ideas en una hermosa tetralogía.
Yo me los he leído del tirón.
Clive Barker es mucho más, aunque también, que "Hellraiser" y "Razas de Noche".
Es un torturador que nos hace felices y al que le quedaremos agradecidos de por vida después de administrarnos su sangrienta sesión. Lo racional no tiene nada que ver en esto.

Saludos de Jim y a disfrutar a la sombra de uno de los mejores escritores fantásticos contemporáneos.