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martes, 13 de mayo de 2014

CUENTOS COMPLETOS, DE GRACE PALEY


A mí me gusta de manera muy particular ese género literario que habla de las cosas que hace la "gente normal". Me resulta fascinante- literariamente fascinante- cuando en alguno de sus relatos Grace Paley nos narra una conversación aparentemente intrascendente que mantienen dos vecinas una tarde de primavera en una cocina de un apartamento de su New York natal mientras preparan la cena o toman café.
Esas súbitas chispas de vida de gente "anodina" que se cuelan por las rendijas de la Literatura y a lo que yo denomino "fogonazos Carver".
Y esto, aparentemente trivial, es lo que para mí hace grandes a algunos autores: el hecho de no tener que sacarse de la manga cada dos por tres a alambicados y anfractuosos personajes e introducirlos en todo tipo de artificiosas situaciones para así poder llegar a urdir una buena y sólida historia. 
Lo que nos cuenta Paley se podría decir que entra en el ámbito de lo doméstico, de lo comunmente habitado, de lo conocido. Sus personajes son siempre la gente que nos rodea y a la que reconocemos inmediatamente, aunque ellos vivan en el Bronx y nosotros en Monte Alto.

Grace Paley no es una autora muy conocida en nuestro país, pero esta edición de sus Cuentos Completos que ha sacado Anagrama es magnífica de principio a fin... y viceversa. Los escenarios principales de las historias que forman parte de esta colección de relatos son los espacios cotidianos(salas de estar, cocinas, parques...) y la vida que dentro de ellos se desarrolla y se nos narra tiene que ver con los diálogos y reflexiones de unos personajes exquisitamente perfilados mediante un estilo narrativo sencillo pero intenso y vigoroso, muy dinámico.

Hay que leer estos cuentos de Grace Paley porque además de sus incuestionables virtudes literarias la autora norteamericana impregna toda su obra de un omnipresente tono humorístico que consigue añadir un plus todavía más placentero al hecho de su lectura.
Yo he llegado a la inevitable carcajada con alguno de sus relatos, y tengo que reconocer que no soy muy dado a la risotada gratuita si no se erigen buenas razones ante mí para ello, pero Grace conoce perfectamente los resortes que hay que accionar y los mecanismos a activar para poner en marcha la precisa maquinaria del sentido del humor del lector, llevando a cabo esta acción de forma natural y casi distraída, automática.

No solamente es Grace Paley  una gran autora a reivindicar, sino que ha sido una importante activista(hija de judíos rusos socialistas perseguidos por el Zar emigrados a los EEUU) contra la guerra, una tolerante feminista y demás causas nobles que ha estado detenida en varias ocasiones por desobediencia civil.
La presencia de la política y de las reivindicaciones sociales forman también, como el sentido del humor, parte inseparable de su obra.

“Mi sentimiento sobre la vejez es que, si uno tiene salud y suficiente dinero para vivir decentemente, envejecer está bien. Lo que sí me molesta es que me queda poco tiempo. No voy a ver crecer a mis nietos, por ejemplo. Recuerdo que mi padre se sentía así. Escribí un poema sobre eso. El sabía que no iba a ver el fin de la guerra de Vietnam. Decía, ‘puta, nunca sabré como terminará todo esto’. Hay un montón de cosas que uno no sabrá. Y hay tristeza porque los amigos empiezan a morir. La idea de que me iré de un mundo que está cada vez peor no me gusta, porque siempre pensé que era mi deber dejar al mundo mejor de cómo lo había encontrado. Pero si se tiene el hábito de ver cada día como una jornada completa, envejecer es interesante. Todos los días se conoce una persona nueva, una puesta de sol nueva. Todos los días pasan cosas hermosas.”

Lean, por favor, a Grace Paley, porque sí es cierto que todos los días nos pueden pasar cosas hermosas si nos fijamos un poco.
Leer los Cuentos Completos de Grace Paley, por ejemplo.

Saludos de Jim y recuerden que todo está en los libros.


viernes, 25 de enero de 2013

"SINO/SI NO"

  

    
    Jaime se había levantado tarde y todavía estaba acabando de desayunar sus tres magdalenas empapadas dentro de un café con leche mientras le daba vueltas en su cabeza a esa sensación que tenía de haberse perdido muchas cosas en la vida.
    Era junio y hacía calor y Jaime se fijó en que dos plantas que tenía en el salón, una calatea y una hermosa drácena, se estaban secando.
    A continuación, se sentó delante del ordenador para comenzar a escribir su aplazada novela.
    Era junio, hacía calor y a Jaime le gustaba escribir.

   Cualquier novelista sabe que la primera frase es fundamental, pues es la que desencadena la ávida expectativa y la primera que abraza al lector(¡Qué importante es la primera frase de una novela!, solía decir Vargas Llosa), así que Jaime tenía ya perfectamente armada esa su primera frase: 
   "Sino fuera porque detrás del universo no hay sentido ni dirección, solamente azar y caos, el mundo sería un cálido ángulo de 360º "
   Pero era junio, hacía calor y aunque a Jaime le gustaba escribir... tenía un problema.
   Jaime, desde niño, habia tenido problemas a la hora de diferenciar el uso entre "sino/si no". Nunca estaba seguro realmente qué "sino/si no" hacía la función de conjunción adversativa y cuál servía para introducir una oración condicional.
   Y éste, se decía en voz baja Jaime, lo queramos o no, es un gran problema para alguien que está pensando en escribir una novela.
    
   Bajó al bar para reflexionar sobre su recién truncada carrera de escritor de novelas de éxito por culpa de su incapacidad a la hora de distinguir entre conjunciones adversativas y condicionales cuando se encontró con Tony, un viejo conocido, con el que solía tomar café y hablar de música.
  Hablaron de Wes Montgomery, de Joe Pass, del timbre inimitable de las Gibson de los 60 y del hastío que les provocaban los nuevos virtuosos y sus interminables escalas jónicas, dóricas y frigias.
   En cierto momento de la conversación, Tony le dijo que tenía 22 guitarras eléctricas en su casa y que ya no sabía dónde meterlas y que su favorita era la más barata de todas ellas, una Höfner Galaxie.
    - Ésas son muchas guitarras, Tony- comentó Jaime.

    Se despidieron y Jaime se acercó hasta la frutería para comprar unos kiwis, pues últimamente andaba un poco estreñido y llevaba dos días tomando té verde y kiwis en ayunas a ver si eso le ayudaba un poco a la hora de la evacuación.
   Al salir de la frutería ayudó a una vecina(que conocía del barrio y le caía simpática) a la que se le había roto una bolsa de plástico, esparciendo dos docenas de naranjas de zumo por la acera, y se ofreció para acercarle la bolsa a la casa donde ella vivía, un bajo pintado de color salmón con rejas verdes en las ventanas que estaba a 50 metros de allí... más o menos.
   La vecina, una señora menuda y muy encorvada de unos ochenta y cinco años, le contó que hacía muchos años en aquel pequeño bajo color salmón de apenas sesenta metros cuadrados habían vivido 22 personas, pues su marido, ya fallecido, y ella habían tenido veinte hijos y habían tenido que poner literas hasta en el pasillo... pero que ahora estaba ella sola, pues ya todos se habían marchado a hacer su vida y además estaban perfectamente de salud y la mayoría con trabajo, a Dios gracias.
   Dejó a la vecina y a sus naranjas de zumo en la casa y se acordó, de repente, de sus dos plantas secándose en el salón. Calatea y drácena. Entró a echar un vistazo en la librería de segunda mano del barrio y encontró en la sección de Jardinería-Horticultura-Ciencia Ficción un libro, a 4,50 euros, titulado: "El gran libro de las plantas de interior: trucos y consejos para el cuidado de tus plantas".

   Pagó el libro y volvió a su casa. Se sentó en el sofá mientras enfriaba otro té verde y abrió el manual de plantas de interior. En la página 22 encontró una pequeña hoja cuadriculada de bloc de anillas con algo escrito en bolígrafo rojo.
   Lo leyó:

"Una forma sencilla de saber cuándo debe escribirse si no es cuando se puede intercalar entre si y no algún elemento sin que se pierda el sentido en el texto: «Si (el juez) no hubiera intervenido», «No aprobará si (él) no estudia», «Si (tú) no quieres no iré».
Sino es, también, un sustantivo que significa ‘destino o fuerza desconocida que actúa sobre las personas y determina el desarrollo de los acontecimientos’.
   
    Era junio, hacía calor y Jaime se sentó delante del ordenador para rehacer la frase inicial de su novela de éxito:
   " Si no fuera porque detrás del universo hay cierto extraño orden secreto, cierto invisible hilo narrativo, y no sólo azar y caos, el mundo no sería el cálido ángulo de 360º que es".

   Y escribió sin parar hasta que el día se plegó en el horizonte.


   Saludos de Jim.
  
   


miércoles, 28 de marzo de 2012

"CRÍMENES", DE F. VON SCHIRACH

Ferdinand Von Shirach es un reputado jurista alemán que ha escrito éste su primer libro, "Crímenes": una serie de 11 breves relatos en los que pone de manifiesto una pericia narrativa inusual en este complejo arte de la literatura comprimida o, como diría Horacio Quiroga, "de la novela depurada de ripios que es el cuento".
Ferdinand V. nos habla aquí de crímenes cotidianos perpetrados por gente corriente, de lo paradójico de determinadas resoluciones judiciales, de las trastiendas que se agolpan bajo cada motivación y de esas intuiciones de abogado(estos relatos son un recopilatorio de algunos de los casos reales en los que él mismo participó) que resultan determinantes para la investigación y sus conclusiones.

Hay en estos cuentos una especie de maestría expositiva fuera de lo común; el autor alemán no solamente acierta con el estilo esquemático y frugal, crudo y realista, de estos relatos, sino que a la vez nos conmueve con la precisión de cirujano que despliega para situarnos ante unos personajes cuyas motivaciones y actos delictivos nos resultan a veces tan accesibles y comprensibles que nos induce al pasmo y a la reflexión.
Es muy fácil llegar a sentir empatía por estas personas que testimonian con sus crímenes que ni la vida real es tan perfecta como para no asesinar a alguien por amor ni la solución a la cuestión Yo soy yo... ¿pero yo quién soy? es tan sencilla de dilucidar.

Hay pulso. Hay Literatura. Hay afán de penetrar en las paredes de lo aparente para tratar de capturar los matices y de subrayar lo inapreciable para comprender la realidad, no por nada la siguiente cita de Werner Heisenberg inaugura este libro de relatos y nos previene sobre lo que en en estos once descarnados fogonazos nos vamos a encontrar: "la realidad de la que podemos hablar jamás es la realidad en sí".

Leer cuentos como "El etíope", "Verde" o "El erizo" te reconcilia con el género breve, te deja un regusto a buena literatura y a determinada exploración aguzada e ingeniosa de los ángulos oscuros, obsesiones, pulsiones incontrolables y redenciones íntimas que forman parte de la naturaleza trapezoidal del ser humano.
En definitiva, que Ferdinand Von Schirach ha construido aquí un libro de relatos satisfactoriamente sorprendente en el que disecciona de forma novedosa aspectos paradójicos de los procesos de investigación judicial, profundizando en el análisis de todo lo relacionado con el crimen y con la búsqueda de la verdad más allá de lo figurado.
Está editado en Salamandra.
Uno de los mejores libros que han caído en mis manos últimamente.

Saludos de Jim.

miércoles, 4 de enero de 2012

LA NOCHE EN QUE NO SUCEDIÓ NADA


Quería algo.
Desde hace tiempo quería algo. Un milagro, una señal, un signo... algo. Un defecto, un mínimo fallo, en el mecanismo regular y previsible de aquella naturaleza de la realidad por la que últimamente había llegado a sentir aversión.
Algo.
Lo que fuera.
Llevaba casi toda su vida esperando aquello que nunca se manifestaba.

La realidad daba para pagar el alquiler, comprarse un coche, para tener sexo(oral, con suerte) una vez por semana, ir al cine, salir a cenar los viernes cuando sus padres se quedaban con los niños... pero para nada o poco más.
Él quería pertenecer a esa clase de gente que asiste como espectador a la función de lo extraordinario; de esos elegidos que vivirán el resto de su vida con esa incertidumbre metafísica enriquecedora que debería de causar la contemplación en primera persona de lo inusual y asombroso.
La señal no tenía porque ser Dios sentado y descalzo en el salón viendo un dvd cuando llegase a casa una noche de verano. Ni una lluvia de ranas; ni una sirena varada en la playa o una fulgurante y misteriosa luz baja justo delante de su automóvil estático en mitad de una carretera secundaria y apenas transitada.
No, ojalá fuera eso, pero no. Se conformaba con algo menos efectista. Menos Hollywood. Algo como una intuición omnisciente, como una sensación de dislocación trascendental que le ascendiese de repente desde los pies a la nuca a las tres de la mañana... algo como una melodía acuática e inenarrable que le anegase cualquier día el espíritu de una energía luminosa y renovada sabiduría con la que interpretar la existencia de otra manera.
Se conformaba con detectar ese difuso contorno de la realidad un preclaro instante solamente para saber que aquello estaba ahí, que debería haber algo más que traspasase el tejido de la realidad anodina que lo envolvía... para luego echarse a dormitar tranquilamente en lo que le quedaba de reglamentada normalidad el resto de su vida.
Necesitaba esa señal. Algo con que alimentarse por dentro.


El reloj de la cocina daba las dos y media de la mañana.
Se sentó en silencio enfrente del ventanal para contemplar la noche. Allí solamente había estrellas. Millones de estrellas obedeciendo a un campo gravitatorio global constituido por agujeros negros y gases interestelares. Miles de Millones de estrellas en una simetría esférica perfecta que se agrupaban en cúmulos y sistemas binarios. Cientos de millones de agrupaciones de estrellas, cada una con su ciclo de vida; masas enormes y luminosas que se habían formado a partir de una nube de hidrógeno molecular y ahora alumbraban las galaxias desde la primera noche de los tiempos.

Se acercó a la habitación de sus hijos para comprobar que estaban bien. Sus hijos dormían, pero miles y miles de especies de bacterias, hongos y otros diminutos seres continuaban despiertos, absorbiendo nutrientes y engullendo dañinos microorganismos invasores, mientras que los impulsos eléctricos de las autopistas neuronales se regeneraban, la piel mudaba y las células dendríticas continuaban en primera línea combatiendo frente a las infecciones, capturando otros peligrosos asaltantes, troceándolos en antígenos y exponiendo los fragmentos en su superficie para la protección de los niños.

Ya en su habitación, se metió en cama y abrazó a su mujer- cuyo encéfalo le había guionizado esa noche un sueño erótico en la que era gozosamente asediada, en un hermoso bosque lleno de frutas, pianos y libros, por tres jóvenes y erectos mancebos desnudos montados cada uno en un blanco unicornio- mientras le recorría de nuevo esa desazonante sensación de otra noche perdida sin haber podido ser el protagonista de nada extraordinario, singular o sensacional.


Saludos de Jim y aquí tenéis mi regalo de reyes: la persona más feliz del mundo no es la que más cosas hace, sino la que más disfruta con lo que hace.
Feliz día de Reyes!!!!

jueves, 7 de julio de 2011

EL DÍA EN EL QUE SE DETUVO EL MUNDO


El día en el que se detuvo el mundo faltaban apenas unos minutos para la medianoche.
Ocurrió de repente, sin que, a posteriori y hasta hoy, ninguna ley o teoría científico-natural haya conseguido desentrañar la naturaleza de aquella extraña singularidad que alteró el curso preciso y continuo del espacio-tiempo.
Pero sucedió. El mundo se detuvo, sin más.

Una ardilla permaneció congelada en el aire, los verdes nervios de las hojas no se mecían en la cálida brisa de agosto, ninguna energía vadeaba ya las fibras de los tendidos de las líneas telefónicas que atravesaban los bosques, las selvas y los mares.
El pianista sostuvo la nota demasiado tiempo. El enfermo entorpeció su enfermedad. Los amantes continuaron entrelazados y desnudos, sin moverse, fuera de sus sábanas, prolongando el placer del calor prestado del adversario. Una mujer se eternizó en la caricia a su querido perro mientras unos niños perseguían inmóviles una pelota amarilla en un jardín apenas clareado por la luna llena y por una cuadrilla de luciérnagas.
Los repartidores de comida no llegaban a la hora y la luz pálida de las neveras iluminaba rostros frenados en su goloso avance sin ninguna explicación.

Todo el mundo fue consciente, dentro de su nueva condición inerte, de aquel hecho, de la anomalía trascendente, del cómo algo totalmente inexplicable les estaba sucediendo por primera vez a todos ellos... algo estaba trastocando el universo sincronizado y la previsible mecánica que movía los hilos de los seres vivos.
Pero lo más extraño de todo era esa sensación, la de absoluta alegría que les recorría de repente la médula espinal- como una descarga eléctrica de fértil e invisible calma- y que parecía fruto de aquella soñolienta y perturbadora quietud.
Algunos aspiraron el aire como si fuese nuevo y estuviesen estrenando por primera vez unos pulmones verdes y limpios para degustar las oleadas de rocío de la medianoche.
Otros se recrearon, extasiados, contemplando desde otra perspectiva unas baldosas blancas, una mejilla sonrosada, la piel agrietada de un limón, el cielo estallado de una tormenta de verano.
Algo, extrañamente, bullía bajo la superficie de las cosas y lo envolvía y engarzaba todo, desde lo más grande a lo que apenas la mirada alcanzaba a acariciar.
Cada pieza de ese universo cobraba ahora nuevos significados, ahogadas ya las prisas y el frenético movimiento humano. Todo estaba sucediendo por dentro, sin palabras ni gestos. Somos como árboles o estrellas, pensó alguien que estaba detenido frente a una antigua máquina de escribir. Somos como árboles o estrellas...

Y en ésas estábamos cuando el mundo se puso en marcha de nuevo.
Todo regresó a su lugar. La maquinaria del tiempo volvió a engrasarse y las ruedas dentadas comenzaron a moverse otra vez con la antigua precisión. Si la pausa duró una eternidad o un microsegundo, o ambos conceptos a la vez, nadie lo sabe.
Los amantes continuaron haciendo el amor, el pianista cambió de nota, la ardilla se posó en la rama, los niños alcanzaron la pelota amarilla.

Han vuelto las prisas, la impaciencia, y hoy casi nadie habla ya de aquel día en el que el mundo se detuvo.
Ni la mujer embarazada que, con los pies dentro del agua de una pequeña piscina de plástico en su jardín, contemplaba la misteriosa luz que bañaba a su madre.
Ni su otro hijo, que yacía sobre la hierba disfrutando de la serpentina tornasolada con que la humedad de la noche vestía una delicada tela de araña.
Pero si uno se fija solamente un poco- no hace falta ser demasiado observador- hay algo distinto en los ojos de la mayor parte de la gente. Un brillo nuevo. Algo que callan. Un ligero destello que antes no estaba.
Dicen que son los mismos, pero algo los ha transformado a todos, aunque ya apenas hablen de ello.
Mientras tanto, las estrellas brillan trémulas en la noche y los árboles silenciosos observan cómo el corazón de algunos hombres late cada vez más despacio y cómo estos se van sentando lenta y ordenamente en la oscuridad cuando llega su turno, aunque ya casi nadie siente temor, sobre todo después de haber vivido en sus propias carnes el pequeño milagro de aquel día en el que se detuvo el mundo y, de repente, todo, absolutamente todo, cobró sentido y las piezas encajaron sin más.
Como un acertijo que se resuelve cerrando los ojos, y solamente despejado en la reconfortante quietud de esa misma oscuridad.


Saludos de Jim.


lunes, 4 de abril de 2011

LOS HOMBRES HUECOS


"Nosotros somos los hombres huecos
nosotros somos los hombre rellenos
inclinándonos juntos,
la cabeza llena de paja. ¡Ay!
Nuestras voces resecas, cuando
susurramos juntos son apagadas y sin sentido
como viento en pasto seco
o patas de ratas sobre el vidrio roto
en nuestra bodega seca"( T. S. Elliot)



Tras el impacto apagué el coche y me quedé completamente inmóvil en el asiento. Tuve la lúgubre certeza de que ella había muerto. De pronto me costaba respirar, sentía que no había aire suficiente, las sienes me latían y golpeaban como un amplificado y doloroso repiqueteo de tambor en la cabeza. Había atropellado a una persona. A una mujer mayor y lenta que había intentado cruzar en rojo. Mientras la multitud se arremolinaba en torno a la mujer tendida en mitad de la calzada algo en mí se negaba a admitir que estuviera realmente muerta.

Estaba sucediendo todo como en una película, como si yo fuese el espectador ajeno a la trama perpetrada por un guionista mediocre, con la única diferencia de que aquí, hoy, ahora, me sudaban demasiado las manos como para que todo aquello fuese solamente ficción.

Llegaron tres coches de policía, dos ambulancias... me bajé como en trance, exhausto, todavía sin aire, del automóvil. Alguien me habló en voz baja, un policía se acercó a mí, me cogió las llaves y aparcó el coche de forma que no interrumpiera la circulación. Revisaron mis papeles. Todo en regla. No habría problema, me dijo el policía, pues varios testigos ya habían declarado que la mujer cruzaba de forma inapropiada y que la velocidad a la que yo circulaba era la adecuada.
De todas formas, no me sentía mejor.
El hombre de la ambulancia hizo un mohín alicaído y cubrió el cuerpo con una sábana. Mi oscuro presagio se había cumplido. La mujer había muerto.

De repente tuve frío. Algo me impedía ver y pensar con claridad. Algo oscuro, como un vapor helado que me envolvía por dentro. En ese preciso instante, me di perfecta cuenta de que , por fuerza, tenía que haber un antes y un después en la vida después de matar(aunque de forma no intencionada, fortuita) a un semejante, a una persona viva, aunque no la hubieses tratado nunca ni sintieses por ella el más mínimo afecto.
El ser humano es un animal ético, moral, imbricado por un millón de ramificaciones y afluentes diversos en lo colectivo.

Fue precisamente entonces cuando se me pasó por la cabeza que este antes y después nuevo no sería ni remotamente parecido a ningún antes y después que yo hubiera conocido o intuido antes. No era como ese antes y después que te invade y acciona un raro mecanismo interno tras ,por ejemplo, haber sido infiel a tu mujer, después de traicionar a un amigo o cuando pasas de la pobreza a la riqueza gracias a un buen golpe de suerte.
No, parecía algo mucho peor. Era ésta otra sensación totalmente distinta. No era solamente un molesto desasosiego; no era ningún tipo de íntima disonancia cognitiva pasajera y ajustable entre principios y pragmatismo. Era algo mucho más profundo lo que ahora estaba en juego.
Esto era algo que perduraría, pensé.

Metieron el cuerpo en la ambulancia y se lo llevaron. La multitud comenzó a dispersarse. Muy amablemente, dos policías me dijeron que cogiese de mi automóvil lo que necesitase y que, por favor, los acompañase a la comisaría para realizar los trámites pertinentes del atestado.
Entré en el coche, abrí la guantera y cogí las dos entradas. Solamente las dos entradas.


Estuve en comisaría declarando y cumplimentado informes menos de tres horas, pero tenía que volver al día siguiente para la reconstrucción in situ del accidente. Un psicólogo me recetó unas pastillas para dormir y me trasladó un puñado de breves consejos básicos para salir del paso durante una media hora.
Me dieron una infusión y salí a la calle, solo, pensando: ¿y qué es lo se hace y se piensa una mañana de sol de primavera tras atropellar y matar a alguien... cuando uno se queda solo? No lo sabía y no creo que hubiese ningún protocolo estipulado al respecto para estos casos en ningún manual.
Así que me puse a caminar sin dirección, aleatoriamente, intentando recomponer y encajar lo que me había sucedido aquella mañana. Tenía el sonido del golpe de un cuerpo humano sobre mi coche, parecido a algo cartilaginoso que se aplasta con un mazo de hierro. Tenía también la sensación de frío y la falta de aire. Tenía la desorientación del antes y el después. Tenía la imagen del cuerpo cubierto con una sábana blanca. Tenía... dos entradas. Las dos entradas que había cogido de la guantera. No me había acordado de nada más. Había buscado las entradas automáticamente, de forma inconsciente e instintiva, mientras el cadáver todavía caliente estaba siendo subido a la ambulancia.
Soy una persona de variadas aficiones y pasiones, pero la banda de Michael Stipe, Buck y Mills figuraba entre las primeras de la lista. Casi una obsesión. Habían sacado 14 álbumes de estudio y yo tenía más de 45, entre piratas, rarezas y demás, aunque nunca- por una u otra razón- había podido verlos en directo.

Aquélla iba a ser la primera vez. Antes del accidente, claro. Llevaba mucho tiempo pensando en aquel concierto. Las había comprado por internet hacía más de un mes: 170 euros cada entrada para la mejor ubicación del estadio- justo enfrente de la banda, a unos escasos veinte metros- bien merecían la pena.
Llamé al trabajo. Me disponía a telefonear a mi mujer cuando algo me detuvo.
Trataba de pensar. No sabía qué hacer. "Accelerate" era un buen disco, un disco de madurez, ya no eran unos críos, aunque les había quedado un poco corto. Contenía canciones muy potentes y con personalidad como "Supernatural Superserious" .Pero seguramente que esa noche tocarían la mayor parte del "Automatic for the people" y del "New adventures in Hi-fi", mis dos álbumes favoritos. Clásicos como "Low Desert", "Man on the Moon" y "Electrolite" caerían fijo.

El "Out of Time" lo había escuchado casi un millón de veces. Tenía hasta una rara edición limitada japonesa con dos bonus-track que había comprado en ebay por una cantidad muy respetable.
Me dije que no podía faltar. No me lo podía perder después de tantos sacrificios, ilusiones y búsquedas.
Sólo daban tres conciertos en todo el país. Y los tíos estaban en plena forma, ¿quién iba a saber si aquélla sería su última gira? Las tensiones entre los tres iban en aumento. Podían separarse, romper el grupo, cada uno por su lado. O incluso morirse. Ya había pasado antes en otras bandas. REM Kaput. Y yo habría perdido mi gran y única oportunidad de poder contemplar a mi superbanda favorita de todos los tiempos en directo. No podía faltar a ese concierto. ¿Por qué iba a hacerlo? Yo no conocía a aquella anciana, ella había cruzado en rojo, la muy loca se había abalanzado ,cruzando en rojo, contra mi coche... me había fastidiado la mañana y ahora, si la dejaba, incluso iba a amargarme el tan ansiado concierto de los de Georgia.... además, ¿qué se supone que se hace después de atropellar y matar a alguien? "Obra siempre de modo que tu conducta pudiera de servir de Principio a una Ley Universal", frase que había leído el día anterior en un suplemento dominical y había memorizado sin querer, como un estribillo de esos de alguna canción del verano que odias. Era de Kant. Pero, ¿qué significaba realmente aquello? ¿A qué principio universal se refería el filósofo? ¿Alguna vieja loca se había tirado alguna vez contra su coche para morirse después y amargarle el día? Colaboro con una ONG, voto a un partido progresista, creo en la redistribución de la riqueza, no soy partidario de la violencia, estoy a favor de las energías renovables, estoy en contra del maltrato a los animales, me preocupa el cambio climático... ¿no son esos suficiente "principios"? ¿ No encajaría dentro de esa supuesta Ley Universal suprahumana y moral fundamental aunque fuese a aquel concierto( al "CONCIERTO") después de lo sucedido?
Así que no llamé a mi mujer.

Me metí en el parque por la entrada de la avenida. Puse en el mp3 Apple granate que llevo siempre guardado en el bolsillo interior de mi chaqueta el "Around the Sun"- un disco vapuleado y menospreciado por la crítica pero al que yo había aprendido a valorar y a apreciar muy positivamente a base de cientos de escuchas- y me dirigí hacia la luz que se colaba entre los árboles. Sonaban aquellas primeras guitarras afiladas del "Electron Blue" y me dije que eran demasiados buenos aquellos chicos de Georgia para dejarlos escapar por culpa de una anciana y lenta desconocida. La contorsión del dolor y la desorientación que había sentido hasta ahora comenzaba a declinar; corría como el agua en un fregadero, vaciándose fuera de mí. Mi cuerpo y mi mente giraban alrededor de la música, envueltos ahora en acordes. Ya no sentía tanto frío. Cerré los ojos, sonaba "Wanderlust"... estaba perdiendo de vista poco a poco lo que me había pasado hacía solamente unas horas, todo la súbita y dolorosa certeza , el aturdimiento, el frío... llegó un momento en que ni mi propia indiferencia me asombraba.

Después del concierto le diría a mi mujer lo que me había sucedido por la mañana. Se lo contaría todo, sin omitir absolutamente nada. Le diría que hasta el trámite emocional y engorroso de lo que me había sucedido podía ser aplazado, postergado, por determinadas y vitales circunstancias como las de aquel nuestro concierto. El nuevo antes y después bien podía aguardar unas cuantas horas más en la nevera. Un dolor portátil, olvidado en un cajón durante unas horas por una buena causa. La vida es así, una entidad cuántica, 2+2 a veces son 5 o 7, lo imprevisible, esa deriva apenas intuida entre los recovecos, las contradicciones y las anfractuosidades íntimas. Ella lo entendería. No le daría demasiada importancia. Seguro que no. Me reconfortaba pensar en su comprensión. Ella diría que lo que había hecho era perfectamente normal, razonable, que yo no era un loco ni un insensible ni un tipo hueco y amoral que había ido a un concierto después de...

La mañana volvía a ser luminosa. Una desconocida había intentado arruinarla. Pero ahora ya no pensaba en principios morales y leyes universales. Sólo intentaba imaginarme cómo sonaría en directo el "Man on the moon" a tan solo veinte metros de distancia.

Un gran concierto me esperaba.

Saludos de Jim. Todo el mundo lleva un joven Raskólnikov dentro.



miércoles, 1 de septiembre de 2010

GASTRONOMÍA


El hombre se tragó, sin querer, un diccionario mientras estaba leyendo "Por el Camino de Swann" en la cama.
La primera noche no le sentó nada bien; la pasó vomitando palabras como levógiro, masora, asbesto, cogitativo, sitibundo, virotillo...
Por la mañana, parcialmente repuesto, en vez de dirigirse a su trabajo en el taller de automóviles, se encaminó a una tertulia matutina que tenía lugar en un café moderno que solían frecuentar las plumas más ácidas y mordaces de los suplementos dominicales.
Tardó tres semanas en escribir su primera novela: "La Cosmogonía del cosaco o la elipsis poliúrica de un pentadecágono". El original argumento se centraba en un árbitro de fútbol ruso-español de 35 años, Pedro María Popov, que huye a Lerma(Burgos) después de dejarse sobornar en un partido de Regional Preferente y allí, en mitad de una terrible crisis existencial, desencadenada por lo deleznable de sus actos, se enamora de una monja bizca llamada Clarisa, una virgen de 78 años, que cocina sabrosas tartaletas de crema, nata y bizcocho.
La novela recibió grandes críticas en revistas especializadas como Motor de Hoy y Peso Perfecto, y a punto estuvo de entrar entre las 40 obras finalistas en un certamen literario que se celebraba todos los años entre los niños- de 7 a 13 años- de un colegio de Alcantarilla(Murcia).

Se convirtió de la noche a la mañana en el escritor de moda. Un genio estrafalario del siglo XXI. Un decadente Proust 2.0. Comenzó a beber ginebra por pajita, se puso un parche en el ojo bueno y se dejó crecer medio lado de la barba, afeitándose solamente la mejilla derecha. También hay que decir que declinó la petición de realizar una entrevista a doble página en La Gaceta de Fuencarral, pues quería continuar disfrutando de la pátina de escritor de culto, para minorías de epicúreo paladar.
Pero, al fin, la vanidad pudo más y acabó saliendo en el Diario de Patricia para hablar de su obra e impresiones como escritor talentoso con algo que decir:
- La cultura moderna está muerta; es como esos moluscos polivalvos que acaban en el papo cigüeñal... un sofisma inalienable. Pero el poeta, desde el emuntorio, tiene la misión de regurgitar los ripios de la Historia...
El público del plató asentía y aplaudía- un poco desorientado y guasón, eso también es cierto- ante aquellas solemnes y enigmáticas palabras que no se referían, como estaban acostumbrados, a transexuales de Cuenca que se quieren operar los genitales o a madres que han tenido relaciones sexuales con sus hijos y acuden a la televisión a contarlo con pelos y señales.

Escribió más novelas. La penúltima de ellas- "El hurón, la gamba roja y el Oráculo de Delfos bailan Twist, Twist... Oliver Twist"; 760 páginas sobre la soledad y el lacerante desencanto que sienten las personas a las que no les gusta disfrazarse en Carnaval- le permitió la entrada en la prestigiosa Real Academia de la Lengua, justito al lado de Javier Marías.
Le dieron el sillón con la letra X. Su críptico discurso de ingreso en la Academia es uno de esos grandes misterios( otro sería ¿qué fue de Alfredo Amestoy?) del siglo XXI sobre los que se han escrito multitud de ensayos e interpretaciones distintas. Un extraño juego cabalístico de los que se han publicado varias tablas de transcripción diferentes:

- (el discurso de entrada comienza así) Buenos tardes, caballeros, buenas noches, damas... me gustaría iniciar este introito haciendo una valoración breve de mi obra, pues vectorialmente mi prosa se puede considerar mesocrática y mi estilo casi mesozoico. Sin ánimo de ofender ni de ser lisonjero, creo que como cualquier otro ángulo diedro corriente y moliente toda la armonía interna se sustenta en la dipodia clásica... considero también que he sabido lixiviar convenientemente la nipis de la nipa, algo encomiable en estos tiempos extraños que corren para la alta literatura y es que además mi temperamento aventurero me incita a adentrarme en esos páramos os...

Una mañana se levantó y al prepararse el desayuno se dio cuenta de que apenas recordaba cómo se llamaba aquel sedimento blanco que echaba al café para que no le resultase amargo. Había regurgitado, de repente, el diccionario la noche anterior y ahora estaba comenzando a sentir una especie de amnesia lexicográfica, ordenada alfabéticamente. Se le escapan ya numerosas palabras que comenzaban por la A, después por la B, la C, etcétera.
A la semana y media, antes de que fuese demasiado tarde, escribió la que sería la última obra de su carrera: "Zuzón", una obra cubista-incomprensible, según la crítica más exigente y rigurosa del momento, en la que el ultravanguardista autor solamente utilizaba palabras que comenzasen por Z como medio para narrar en primera persona el suicidio de un soplador de vidrio en un Hamman de Estambul mientras repasaba su vida entre cristales y sexo con objetos punzantes e inanimados.
Otra ininteligible obra maestra para paladares epicúreos, repetimos.

Regresó al taller a reparar motores diésel y no volvió a leer en la cama nada que necesitase de un diccionario para ser comprendido.
Y fue tan feliz entre sus radiadores, bujías y novelas de intriga de Dan Brown que ya nunca más se le ocurrió abrir otro "El diablo sobre las colinas "o "París era una fiesta", no fuera a ser que ahora se le diese por acabar imitando a Pavese o a Hemingway, que ya sabemos todos lo mal que acabaron estos dos por culpa de la literatura.

Saludos de Jim, genios.

martes, 13 de julio de 2010

LOS SUICIDAS PEREZOSOS


- ¿Lo tuyo es exógeno o endógeno?

Cuando Alicia se lo preguntó, él estaba encaramado sobre el pasamanos de la barandilla, listo para saltar y estrellarse contra las rocas y así, quizás y con algo de suerte, acabar hundiéndose ya fiambre en las profundidades del océano. Siempre había soñado con, por lo menos, alimentar a los peces y a los cangrejos con sus despojos, ya que no había servido para mucho más estando vivo y entero.
Un The End de lo más cinematográfico. A lo Bergman. Un final muy sueco.
Alicia tenía las hojas de afeitar preparadas. Lucía un pequeño corte púrpura en la muñeca, ya que se las había comenzado a abrir justo en el momento en que lo vio a él subido a la baranda.
Era martes, octubre y estaba atardeciendo. Hacía algo de frío. Ambos se habían puesto ya las chaquetas de invierno.

- Endógeno, creo... mi médico siempre ha dicho que mi tendencia al suicidio tiene que ver con factores mentales intrínsecos. Una especie de melancolía y tristeza intrusiva generada por factores genéticos y biológicos contra los que poco se puede hacer... algo de la descompensación de sustancias en el cerebro. Lo veo todo gris: la existencia, mi vida, a las personas... me puede la desesperanza, no me ilusiono por nada, la vida me parece una mierda sin sentido... es la tercera vez que lo intento...
- Te entiendo perfectamente, aunque lo mío es más bien por razones personales, por circunstancias de la vida y eso... pero soy novata en esto. Es mi primera vez , aunque esto parece más difícil de lo que pensaba... tenía que haber una asignatura sobre "Cómo matarse bien y a la primera" en el colegio.
- Sí, es verdad- replicó él descendiendo del pasamanos-, y es que la vida está más sobrevalorada que la cocina francesa...

Se rieron. Alicia le contó brevemente lo de su padre cuando era pequeña, lo que le había sucedido después con su primer marido y la actitud de profunda incomprensión que siempre había mostrado con ella su familia. Y además se sentía tan sola desde hacía tanto tiempo, sin amigos, que le daba igual todo. Tenía la sensación de que no le importaba lo más mínimo a nadie, sentía una desconfianza total hacia los demás y había llegado a la conclusión de que el único camino posible para ella era quitarse de en medio lo más rápido y de la forma más limpia posible.
Luchar era de idiotas. Una pérdida de tiempo más para volver siempre al principio. La única solución era soltar amarras y dejarse llevar.
Estuvieron charlando un buen rato hasta que Jaime dijo:
- Oye, y si te invito a un café y dejamos esto para después...
- Pues vale, acepto. Tampoco nos vamos a morir por aplazarlo un poco más... y, además, está comenzando a llover y podemos pillar una pulmonía...

Y se rieron de nuevo.
Y Alicia tomó un capuchino y Jaime pidió un poleo menta. Y él le contó un chiste de un americano, un francés y un español que iban en un avión y que era muy bueno. Y ella le dijo que cocinaba muy bien tortellinis gratinados con pasta. Y Jaime le relató la ocasión en la que estaba cenando en un chino con una chica y se encontró en medio de la ensalada china un imperdible muy oxidado que casi se traga.
Y salieron de la cafetería y seguía lloviendo. A él le gustaba leer libros de terror y a ella ir al Cine los sábados por la tarde y salir a bailar salsa y merengue de vez en cuando.
Dejaron lo otro, lo de sus autohomicidios, para el día siguiente y él la acompañó a la parada del bus.

El miércoles tampoco se mataron. Él se volvió a encaramar con las rocas a sus pies mientras le comentaba porqué le aburrían las películas de acción americanas y le gustaban las tormentas en verano mientras ella lo escuchaba jugando a hacerse cosquillas en el antebrazo con una de las hojas de afeitar.
- ¡Eh, para, que te vas a cortar!- le dijo él en un momento que la vio un poco despistada.
El jueves hacía un poco de viento y ella no lo dejó subirse a la balaustrada del paseo. Por si acaso, le dijo.
El viernes fueron juntos al Cine a ver la última de W. Allen y el sábado la invitó a cenar a un vegetariano y ella lo llamó anticuado por querer pagar todo él y no ir a medias.
El domingo hicieron el amor juntos, por primera vez, toda la tarde. Cinco preservativos sabor a tutti-frutti que le habían regalado a Alicia en una farmacia.
Después de eso, Jaime se apuntó en una academia de bailes de salón para aprender a bailar salsa, merengue y bachata, mientras Alicia comenzaba a leer novelas de terror por las noches en la cama- tipo Clive Barker y Ambrose Bierce- y a disfrutarlas sin sentir miedo ni aprensión de ningún tipo.

Pasó el tiempo. Ambos se fueron olvidando poco a poco de las razones por las que habían anhelado sus respectivas aniquilaciones y así llegó un día en el que ni ellos ni sus hijos ni sus nietos volvieron a subirse a ninguna barandilla ni a llevar hojas de afeitar en el bolso en las tardes lluviosas de octubre.
Los peces del océano continuaron tan felices en el agua con su dieta de algas y fitoplancton mientras Alicia y Jaime bordaban sobre la tierra de tal manera el "enchufa doble", el "sesenta y paséala" y el "sombrero" que hasta se pensaron muy seriamente lo de presentarse al certamen amateur , para más de 40 años, de bailes de salón de su pequeña ciudad de provincias.
Y es que a veces la muerte juega con las negras, pierde y hasta los suicidas se le vuelven perezosos.


Moraleja: Las circunstancias personales adversas, la melancolía vital y la tristeza inclusiva son mucho más llevaderas con música, buen cine, los libros adecuados y muchos preservativos de tutti-frutti.
Eso sí, a Bergman ni tocármelo.


Saludos de Jim, gente divergente.

viernes, 18 de junio de 2010

FELICES COMO ASESINOS


Jaime es un tipo gordito y simpático que sonríe mucho los fines de semana.
Jaime tiene un impecable Audi color azul cielo despejado de junio y una casa grande en el campo de dos plantas y cinco o seis cuartos de baño.
Si lo conocieras te parecería un tipo muy agradable. De verdad. Es locuaz, jovial, tiene una conversación amena. Resulta tan agradable como meter la mano en un cajón ordenado. Como acostarte a las once en punto, recién duchado, dentro de una cama grande de sábanas blancas y limpias.
Ahora Jaime vive en Madrid pero no le gusta. Dice que gasta mucho y que él es más de ciudades pequeñas.
- Lo que pasa es que por mi trabajo tengo que andar de un lado para otro, pero mi intención es quedarme definitivamente por aquí. Estoy cansado de salir por las noches por esos pubs y discotecas de Madrid y derrochar una pasta para nada en alquileres y comidas... siempre es lo mismo, tan aburrido... además, allí la gente no tiene tiempo para nada, en cambio aquí...

La última vez lo vi en una comida que hicimos en la finca de unos amigos. Dicen que gana bastante dinero. Yo no lo sé. ¿Cuánto es bastante dinero? 1000 euros. 2500 euros. 12000 euros. ¿Y comparándolo con?
Bueno, lo único que parece es que gana lo suficiente para tener un Audi, una gran sonrisa de fin de semana y una casa en el campo, que ya es bastante, aunque esto de "bastante" es un concepto algo vago y relativo.
Por ejemplo, a veces lo que parece bastante o mucho nunca es suficiente. Y viceversa, pues también hay gente que con muy poco lo aparenta y lo es todo. No necesita nada más para llevarse bien consigo mismo, que al final es lo único que importa: llevarse lo mejor posible con uno mismo.

Bueno, al grano, que lo que os iba a contar ahora era que Jaime no tiene novia aunque se parece un poco a George Clooney. Vamos a ver... físicamente no se parece mucho, para nada. Dejad que me explique... ¿visteis "Up in the air"? Sí, esa película en la que Clooney es un tipo experto en despedir a gente, un profesional al que contratan las empresas para reducir el personal y que llega un martes cualquiera a tu oficina - en la que llevas 15 años trabajando- con una carpeta verde con gomas y te choca las cinco mientras te trata de usted con suma educación y respeto.
Sí, hombre, ese tipo con actitud amigable que hasta parece afligido cuando te suelta lo de:

- ... es una decisión muy desagradable que a nadie le gusta tener que tomar, pero la dirección de su empresa ha llegado a la conclusión de que su puesto ya no está disponible. Oír la frase "prescindimos de usted" nunca es sencillo. El cambio siempre asusta, pero ya verá cómo al final va a ser para mejor... y además, le ayudaremos a gestionar la búsqueda de otro empleo y también...

Bueno, pues ese es el Jaime que te sonríe mucho los fines de semana y te acerca a casa en su flamante Audi azul cielo despejado de junio mientras te cuenta chistes de americanos, franceses y españoles.
Y también es el Jaime que elabora planes de viabilidad con el noble objetivo de aumentar la rentabilidad y eficiencia de una firma dada y que algún martes podría estar llamando a tu puerta con el rostro más agostado y seco de lo normal para comunicarte la buena noticia de que ya dispones de tiempo libre para llevar a tu hijo pequeño al colegio por las mañanas. Esta vez sin chistes de americanos.

Ahora cuando veo la sonrisa de Jaime pienso en almohadas, en camas, en si será capaz de dormir bien por las noches(que seguro que sí, que hasta los asesinos pueden llegar a ser felices si se lo proponen) y en personas recogiendo sus cosas para marcharse a su casa un martes a las doce de la mañana mientras él les sonríe impasible.
Y, si os digo la verdad, sus chistes de gordito simpático nunca me hicieron demasiada gracia y además siempre he preferido volver a casa en bus a hacerlo en Audi, que por lo general pasan más cosas y uno va más entretenido escuchando las conversaciones ajenas.

P.D: Y te contesto sin ningún problema a lo del otro día: no, ni loco, no le cambio mis mil y poco por sus cuatro mil. Las matemáticas no siempre resultan en la vida una ciencia exacta.
Deberías saberlo a estas alturas, amigo mío, que yo estoy acostumbrado a vivir en pisos pequeños y a coger muchos autobuses.
Pero eso sí, los apacibles y sosegados sueños que te proporciona una conciencia tranquila que no me los toque nadie.

Saludos de Jim.

viernes, 28 de mayo de 2010

LA CONVERSACIÓN


Yo soy el narrador y nunca me meto en una conversación que no existe entre dos mujeres de un cuadro, aunque ahora mismo le estés contando a tu mejor amiga, delante de un té verde con limón, que ya tienes casi cuarenta, que te acabas de comprar a muy buen precio esta mañana ese abrigo naranja que cuelga del perchero y que a veces también la soledad te provoca un sentimiento físico de frío, por eso duermes en primavera con dos edredones nórdicos y una gruesa manta por encima.

Le dices-sin apenas mover tus labios rojos- que no es sexo lo que quieres, que eso es lo de menos, pues si sales a buscarlo cualquier noche la mayor parte de los hombres estarían demasiado dispuestos, incluso, a consolarte durante esos diez o quince minutos de precipitada y húmeda intimidad. Encontrar un hombre simplemente para eso no tiene ningún valor o mérito añadido. Ya los tuviste así y sabes que es una de las cosas más fáciles de llevar a cabo en este puñetero mundo para una mujer, le susurras... y ella, tu amiga, asiente porque te entiende perfectamente.
Más sencillo casi que abrir un libro, limpiar una ventana empañada o hacer sonreír a un niño con una bolsa de golosinas en una mano y algo de colores moviéndose en la otra.

Por eso te encargas de dejar muy claro que lo que buscas es tan sencillo y tan complicado a la vez como tener alguien a quien abrazar y que te abrace cuando te levantas tarde ese sábado que no trabajas.
Alguien con quien desayunar café con tostadas de mermelada de albaricoque mientras te agarra por detrás y te dibuja caricias en la nuca con las que te hace sonreír por dentro y por fuera.
Alguien que te lea un cuento o se invente cualquier historia mientras te abraza en las gélidas noches de lluvia de noviembre.
Alguien con quien quedarte dormida mientras habláis de las infinitas combinaciones de futuro que, de repente, surgen al ser dos-uno-dos-uno-tres y compartir los mismos miedos y sueños que probablemente nunca se cumplirán del todo, aunque casi-a lo mejor-es posible que sí si os lo proponéis seriamente.
El futuro siempre es más llevadero entre dos, le dices. Tanto la alegría como la tristeza se divide en partes iguales. Si algo define al amor, digan lo que digan los científicos y los poetas, es esto precisamente. Esta asignación de recursos, esta distribución equitativa de pesos y levedades a lo largo de la vida.

Y sabes perfectamente que a tu mejor amiga su marido la engaña con otras mujeres mucho peores que ella e incluso llegó a ponerle la mano encima en alguna ocasión. Por eso, piensas, siempre se pone de espaldas en este nuestro cuadro, para que nadie le pueda notar en el rostro esa mirada de infinita tristeza y desesperanza que les queda a las personas cuando lo pierden absolutamente todo menos los zapatos empapados por los charcos en las aceras rotas por las que circulan a toda velocidad sin mirar nunca para abajo.

- ... mejor sola que mal acompañada, ya sabes- se lamenta la mujer que siempre está de espaldas y que es tu mejor amiga.

Y ella sabe muy bien de lo que habla. La intentas animar, pese a que la has acompañado en dos ocasiones a altas horas de la madrugada a algún solitario hospital, mientras se inventaba alguna excusa contra sí misma para volver a casa temblando al amanecer.
Él la esperaba despierto entre súplicas y viejas promesas que se incumplirían un par de semanas después, contagiado durante unos momentos de ese remordimiento liviano que tienen los niños cuando cogen un caramelo que no es suyo.
Un arrepentimiento tan llevadero que cabe en medio bolsillo.

Ella habla y tú la escuchas. Ese jersey verde manzana de escote en V te queda muy bien. Te lo digo sólo como narrador.

- ... desde que era niña, siempre me gustó leer en la cama... por eso yo sólo quería a alguien que me quitase con delicadeza el libro del pecho cuando me quedase dormida y me diese después un beso en la frente... nada más... eso es lo que yo entendía por respeto, compromiso y cariño...¿era esto pedir demasiado?

No, le contestas, no era pedir demasiado.
Sí, piensas sin decírselo a la cara, sí es pedir demasiado, porque tú sabes que en este mundo la mayor parte de los hombres que conoces no saben cómo retirar con delicadeza un libro del pecho. Nadie se ha preocupado por enseñarles este tipo de cosas. No lo hacen con el cariño y la ternura suficientes para evitar que la soledad o su compañía no te provoquen ese sentimiento físico de frío que en ocasiones sientes que te gatea por el estómago.
Pero, sin embargo, compadeces sinceramente a tu mejor amiga- la que siempre está de espaldas en el cuadro y a la que acompañas a hospitales de madrugada- aunque en tu interior planea todavía la esperanza de no acabar como ella y que pese a tus casi cuarenta y al abrigo naranja que cuelga del perchero todavía puedas encontrar a alguien que sepa cómo retirar con delicadeza un libro de tu pecho dormido y darte un beso en la frente después para quitarte de golpe esa sensación de frío que te deja algunas noches la soledad...

Y aquí podría daros un consejo a ambas, pero es que yo soy el narrador y nunca me meto en una conversación que no existe entre dos mujeres de un cuadro.
Atardece. Acabad sin prisas el té verde con limón y no os olvidéis de coger vuestros abrigos naranjas para protegeros del frío de la noche mientras no se descuelga sobre vosotras la primavera.

Saludos de Jim, mujeres del cuadro. Ha sido todo un placer.