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miércoles, 1 de septiembre de 2010

GASTRONOMÍA


El hombre se tragó, sin querer, un diccionario mientras estaba leyendo "Por el Camino de Swann" en la cama.
La primera noche no le sentó nada bien; la pasó vomitando palabras como levógiro, masora, asbesto, cogitativo, sitibundo, virotillo...
Por la mañana, parcialmente repuesto, en vez de dirigirse a su trabajo en el taller de automóviles, se encaminó a una tertulia matutina que tenía lugar en un café moderno que solían frecuentar las plumas más ácidas y mordaces de los suplementos dominicales.
Tardó tres semanas en escribir su primera novela: "La Cosmogonía del cosaco o la elipsis poliúrica de un pentadecágono". El original argumento se centraba en un árbitro de fútbol ruso-español de 35 años, Pedro María Popov, que huye a Lerma(Burgos) después de dejarse sobornar en un partido de Regional Preferente y allí, en mitad de una terrible crisis existencial, desencadenada por lo deleznable de sus actos, se enamora de una monja bizca llamada Clarisa, una virgen de 78 años, que cocina sabrosas tartaletas de crema, nata y bizcocho.
La novela recibió grandes críticas en revistas especializadas como Motor de Hoy y Peso Perfecto, y a punto estuvo de entrar entre las 40 obras finalistas en un certamen literario que se celebraba todos los años entre los niños- de 7 a 13 años- de un colegio de Alcantarilla(Murcia).

Se convirtió de la noche a la mañana en el escritor de moda. Un genio estrafalario del siglo XXI. Un decadente Proust 2.0. Comenzó a beber ginebra por pajita, se puso un parche en el ojo bueno y se dejó crecer medio lado de la barba, afeitándose solamente la mejilla derecha. También hay que decir que declinó la petición de realizar una entrevista a doble página en La Gaceta de Fuencarral, pues quería continuar disfrutando de la pátina de escritor de culto, para minorías de epicúreo paladar.
Pero, al fin, la vanidad pudo más y acabó saliendo en el Diario de Patricia para hablar de su obra e impresiones como escritor talentoso con algo que decir:
- La cultura moderna está muerta; es como esos moluscos polivalvos que acaban en el papo cigüeñal... un sofisma inalienable. Pero el poeta, desde el emuntorio, tiene la misión de regurgitar los ripios de la Historia...
El público del plató asentía y aplaudía- un poco desorientado y guasón, eso también es cierto- ante aquellas solemnes y enigmáticas palabras que no se referían, como estaban acostumbrados, a transexuales de Cuenca que se quieren operar los genitales o a madres que han tenido relaciones sexuales con sus hijos y acuden a la televisión a contarlo con pelos y señales.

Escribió más novelas. La penúltima de ellas- "El hurón, la gamba roja y el Oráculo de Delfos bailan Twist, Twist... Oliver Twist"; 760 páginas sobre la soledad y el lacerante desencanto que sienten las personas a las que no les gusta disfrazarse en Carnaval- le permitió la entrada en la prestigiosa Real Academia de la Lengua, justito al lado de Javier Marías.
Le dieron el sillón con la letra X. Su críptico discurso de ingreso en la Academia es uno de esos grandes misterios( otro sería ¿qué fue de Alfredo Amestoy?) del siglo XXI sobre los que se han escrito multitud de ensayos e interpretaciones distintas. Un extraño juego cabalístico de los que se han publicado varias tablas de transcripción diferentes:

- (el discurso de entrada comienza así) Buenos tardes, caballeros, buenas noches, damas... me gustaría iniciar este introito haciendo una valoración breve de mi obra, pues vectorialmente mi prosa se puede considerar mesocrática y mi estilo casi mesozoico. Sin ánimo de ofender ni de ser lisonjero, creo que como cualquier otro ángulo diedro corriente y moliente toda la armonía interna se sustenta en la dipodia clásica... considero también que he sabido lixiviar convenientemente la nipis de la nipa, algo encomiable en estos tiempos extraños que corren para la alta literatura y es que además mi temperamento aventurero me incita a adentrarme en esos páramos os...

Una mañana se levantó y al prepararse el desayuno se dio cuenta de que apenas recordaba cómo se llamaba aquel sedimento blanco que echaba al café para que no le resultase amargo. Había regurgitado, de repente, el diccionario la noche anterior y ahora estaba comenzando a sentir una especie de amnesia lexicográfica, ordenada alfabéticamente. Se le escapan ya numerosas palabras que comenzaban por la A, después por la B, la C, etcétera.
A la semana y media, antes de que fuese demasiado tarde, escribió la que sería la última obra de su carrera: "Zuzón", una obra cubista-incomprensible, según la crítica más exigente y rigurosa del momento, en la que el ultravanguardista autor solamente utilizaba palabras que comenzasen por Z como medio para narrar en primera persona el suicidio de un soplador de vidrio en un Hamman de Estambul mientras repasaba su vida entre cristales y sexo con objetos punzantes e inanimados.
Otra ininteligible obra maestra para paladares epicúreos, repetimos.

Regresó al taller a reparar motores diésel y no volvió a leer en la cama nada que necesitase de un diccionario para ser comprendido.
Y fue tan feliz entre sus radiadores, bujías y novelas de intriga de Dan Brown que ya nunca más se le ocurrió abrir otro "El diablo sobre las colinas "o "París era una fiesta", no fuera a ser que ahora se le diese por acabar imitando a Pavese o a Hemingway, que ya sabemos todos lo mal que acabaron estos dos por culpa de la literatura.

Saludos de Jim, genios.

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